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Esther, Rosi y Pastrana > José David Santos

En poco tiempo han fallecido varias personas que, sin ser familiares o amigos, han formado parte de mi vida en los últimos años. Ayer mismo se conocía el fallecimiento de Esther Sarraute, exconcejal del Ayuntamiento de Santa Cruz, tras una larga enfermedad. Durante cuatro años trabajé junto a ella y, sin estar de acuerdo muchas veces en su modo de hacer las cosas, otros y yo tratamos de sortear ante los medios los ataques durísimos, que rozaron en casos el insulto, que soportó a cuenta de lo que siempre consideré un pequeño error. En aquel pleno municipal muchos fueron los culpables del posterior vía crucis que soportó Esther; no los voy a nombrar ahora que ella ya no está, pero supongo que tendrán en su conciencia de compañeros y ciudadanos un balance de lo que hicieron. Las burlas sufridas nunca le impidieron tratar de defender su verdad en medio, además, de pequeños paréntesis que debía tomar para tratar su enfermedad. Evidentemente, no era perfecta, ni quizá el modelo de política -aunque más honesta y sincera que muchos que se las siguen dando de adalides de la verdad y bla, bla, bla-, pero, a su modo, intentó mejorar algunas cosas en esa jaula de locos que es la Casa de los Dragos. Encima, lo hizo en medio de un clima de crispación y falta de respecto que espero nunca se vuelva a repetir en la ciudad. Ella fue una víctima propicia para ensañarse. Por eso, lo reconozco, he estado atento a redes sociales y comentarios por si descubría a algún falso dispuesto a mostrar la típica indulgencia hacia los que ya no están para echárselo en cara. Desistí, no vale la pena.

Hace ya un poco más de tiempo también fallecía Rosi. Era callada, eficaz y casi siempre cansada -cuando la traté más- ante las faltas de respeto que a veces soportaba en su labor en el área de protocolo del Ayuntamiento de Santa Cruz. Junto a ella, Manolo Pío, su algo más que jefe, se encargaba de que todo estuviera correcto en los actos oficiales y de aguantar al Gabinete de Prensa con cambios de convocatorias de ruedas de prensa, peleas estúpidas entre egos políticos y otras tonterías que casi nunca entendía. Seguramente la estarán echando de menos.

José María Rodríguez Pastrana fue un gran arquitecto; un apasionado por su trabajo y un gran embajador de esta tierra allá donde iba. Compartí con él un viaje a Nueva York en el que, como un gran niño ilusionado, compartimos la emoción de ver en la portada del catálogo de una exposición de arquitectura en el MoMa una obra ideada por su estudio. Meses antes me explicaba ese mismo proyecto en ciernes -el estadio de Tíncer- y tras más de hora y media de explicaciones técnicas y de diseño, Pastrana me insistió en que destacara que todas y cada una de las piedras que daban forma al estadio habían sido colocadas por un operario. Eso sí tenía mérito, me dijo.

Los tres, en parte, me enseñaron algo aunque no lo supiera. Es lo que tiene este siempre concluso círculo que es la vida.