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Huelga de los 5 millones > Jorge Bethencourt

Los sindicatos han llamado hoy a la movilización contra la reforma laboral que abarató el despido en el país de Europa donde resultaba más caro. Afirman -y tienen razón- que no servirá para crear empleo. Se hizo para salvar a las empresas. Y eso se supone que salvará el trabajo. Lo que es mucho suponer.

La pura teoría establece que no es razonable que la empresa despida a un trabajador eficiente. El despido costoso, por lógica, favorecía al trabajador no productivo y penalizaba la nueva contratación. Pero esto es España. Aquí de lógica vamos muy justos. La reforma permitirá que las empresas rebajen salarios y aumenten la exigencia de trabajo, pero también habrá más parados. El precio de hacer la tortilla es que se tienen que romper algunos huevos: los nuestros, que son los que siempre se rompen.

El Gobierno conservador ha apostado por dar un vuelco y pasar a las empresas más poder del que antes tenían los sindicatos. Y los efectos inmediatos para salvar el cierre de los negocios será poner más gente en la calle. Porque nueve de cada diez empresas son pequeñas y medianas con menos de diez trabajadores. Porque están asfixiadas. Porque no hay consumo. Porque para generar de verdad actividad económica -y empleo- habría que disminuir las cargas fiscales sobre el trabajo, el comercio y las rentas laborales. Más dinero en el bolsillo de los ciudadanos, de las familias, del consumo. Y menos en el agujero sin fondo de los gastos públicos.

“Yo ya llevo dos años en huelga. Lo que quiero es encontrar trabajo”, me dice un amigo desesperado. Tiene razón. Ya hay una huelga general convocada desde hace años. Una huelga que va por los cinco millones cuatrocientos mil manifestantes que no se manifiestan más que en las frías y horrorosas cifras estadísticas. Una huelga de gente que no son cifras, que son personas que buscan inútilmente la manera de mantener a su familia, de jóvenes que no pueden valerse por sí mismos, de trabajadores masticados por la banca y los créditos. Para ellos nadie, absolutamente nadie, ha encontrado otra cosa que palabras, promesas y más impuestos.

El milagro español, como todos los milagros, era un truco de feria que hoy tienen que pagar los mismos de siempre, mientras que patronales, banqueros, sindicatos y gobiernos hacen caldo gordo con los huesos del cadáver de España. Y encima tiene uno que aguantarles decir que defienden el Estado del Bienestar. Sí. El suyo.

Twitter@JLBethencourt