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Igualitarismo educativo > Nuria Roldán-Arrazola

Decían los clásicos que había que preguntarse por las causas primeras, para no ser presa fácil de las apariencias.

Una análisis transversal del informe presentado por la OCDE sobre el estado de la educación en Canarias obliga a profundizar en las causas primeras para no dispersarse entre las ramas de los árboles. Esto es, si un sistema educativo progresista y moderno debe perseguir entre sus objetivos fundamentales el acceso a los recursos intelectuales y simbólicos que permitan un buen desarrollo de las capacidades de cualquier ciudadano. No es menos cierto que las condiciones de partida de todos los ciudadanos no son las mismas, y por ello es necesario no tratar a todos por igual, sino al igual como igual y al desigual como desigual, ejerciendo incluso la acción positiva cuando fuese necesario.

Es esa interpretación errónea, a mi juicio, del principio de comprensividad, lo que está en el fondo es la distorsión que sufre nuestro sistema educativo, no sólo en los pupitres, sino también en los claustros.

Como bien acertaba a señalar el citado informe, dicho de paso, es algo indicado por todo aquel que haya querido escuchar las reflexiones de esos años del conjunto del profesorado, que ni el principio de comprensividad estaba siendo bien aplicado, ni el pretendido igualitarismo salarial beneficiaba al conjunto de la eficacia del sistema.

“A cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”, defendía nuestro querido Marx, y puesto que las capacidades son plurales y diversas, y las necesidades andan a la par, es recurrente recordar que la igualdad mal entendida nos lleva a un igualitarismo ramplón del que sólo puede salir desencanto e ineficiencia.

Argumentar la igualdad para no corresponder a las inquietudes de un estudiante o restringir los tramos salariales para impedir lo que es un hecho, que unos profesionales dediquen más y mejor tiempo a sus clases, a su alumnado o a las tareas directivas, no es ni más ni menos que un café para todos que en absoluto mejora el sistema, sino que, muy al contrario, lo condena a la frustración. Que los profesionales de la educación están bien pagados, pues, según cómo, cuando las remuneraciones salariales no se corresponden con el nivel de dedicación y eficacia se hace demagogia y la demagogia, como también decía Marx, es una visión distorsionada y distorsionadora de la realidad.

Se hace difícil encontrar algo más profundamente reaccionario que el idealismo, tan perturbador como las sombras que veían los habitantes de la cueva de Platón creyendo que eso era la realidad.

Pero, como siempre, las causas primeras hay que buscarlas siempre más allá, allá en los años 70, cuando los sindicatos de clase defendían la proletarización del profesorado y la inexistencia de cuerpos profesionales, que representaban a los estamentos con los que había que acabar. Hora es ya de descorrer el velo y de atrevernos a mirar a donde nos han llevado las falsas imágenes de la realidad, la ideología de los que no saben, ni nunca supieron, hacer política y analizar adecuadamente las cosas.

La administración educativa tiene en sus manos los recursos para poner en marcha un proceso de reforma de la administración educativa y lanzar un debate en profundidad para enfrentar uno de los males endémicos de nuestro sistema, es decir: el pretendido igualitarismo que oculta la pereza intelectual de una parte importante de nuestra sociedad.
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