ME PAGAN POR ESTO > Alfonso González Jerez

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La manifestación que recorrió el pasado miércoles Santa Cruz de Tenerife, convocada entre otras fuerzas sindicales por UGT y Comisiones Obreras con un éxito considerable, contó con la participación de bastantes cargos públicos del PSOE. Obviamente ejercían su derecho a manifestarse, como cualquier ciudadano, pero no puedo evitar, incluso desde las simpatías por las muy razonables razones de la manifestación, la percepción de algo chirriante. Ahí podías ver a Aurelio Abreu, a Julio Cruz, a Patricia Hernández o a Margarita Pena caminando con una sonrisa reivindicativa, entre algunas banderas republicanas y carteles con leyendas rotuladas tan didascálicas (y taxativas) como “Esto no es una crisis, esto es el capitalismo”. En algún momento de la marcha Hernández y Pena, o Pena y Hernández, sobre vertiginosos taconazos, se pusieron a entonar que el pueblo, unido, jamás será vencido, y hasta Aurelio Abreu musitó el estribillo en voz bajita mientras, a su lado, Cruz diputado sempiterno, embajador plenipotenciario del curbelismo así en la tierra como en el cielo y secretario de Organización del PSC-PSOE, se limitaba a la mímica contestaria, arqueando una y otra vez las cejas, tal vez porque había olvidado el eslogan, tal vez porque nunca había escuchado la canción. No sé. Este grupo, en el seno de la exitosa manifa, protagonizaba una perfomance entre fantasmagórica y caricaturesca. Hace veinte, veinticinco años, los dirigentes y cargos socialistas todavía formaban parte activa de las manifestaciones. Pero desde hace tiempo asisten a las mismas, más que para mirar y agitar pancartas, para ser mirados y fotografiados. La imagen de la manifestación del pasado miércoles es una cifra perfecta de la terrible situación que atraviesan los socialistas españoles y, muy particularmente, los dirigentes del socialismo canario.

Hasta hace tres meses el PSOE gobernaba este país. Y lo había hecho en los últimos siete años y medio, al término de los cuales, se registraban en España más de cinco millones de desempleados. El escaso bagaje socialdemócrata de las políticas de José Luis Rodríguez Zapatero quedó liquidado cuando, en la primavera de 2010, despertó de su dulce retraimiento, colmatado de frases huecas y chorlitas, y pegó un feroz volantazo: una evidencia de la incapacidad socialdemócrata de diseñar una salida a la crisis que no obedeciera, lacayunamente, a las necesidades y obligaciones de la lógica financiera del capital y a la ortodoxia de la austeridad impuesta por Alemania y Francia en la UE. El proyecto socialista – si es que la estrategia del zapaterismo en el poder merece ese nombre – sufrió una acelerada desindentificación política e ideológica que tuvo su momento simbólico culminante en una reforma exprés de la Constitución de 1978. Ocurrió hace apenas dos días: rebaja de los sueldos de los funcionarios, congelación de las pensiones, hachazo inmisericorde a las políticas sociales, sin excluir el sistema educativo público y la investigación científica y tecnológica, y como guinda anecdótica, pero no tanto, el indulto a un directivo bancario a ultimísimo hora. Contemplar ahora a relevantes dirigentes y cargos públicos del PSOE en manifestaciones que denuncian y protestan por la extensión y sistematización de políticas de austeridad presupuestaria y recorte de derechos sociales y laborales que desarrollan y endurecen las que se pusieron en marcha en el último año y medio del mandato de Rodríguez Zapatero conduce a la estupefacción, cuando no a la burla irritada de muchos ciudadanos.

Es falso que el PP ganara las elecciones generales del pasado noviembre porque el voto progresista se quedara en casa. Sin duda un amplio sector de votantes tradicionales del PSOE se inclinó por el abstencionismo, pero más de un millón y medio votó por el PP y cerca de otro millón por Izquierda y Unión, Progreso y Democracia. No querer verlo resulta, simplemente, un avestrucismo suicida. El PSOE se ha vaciado enteramente como referente político para la sociedad española. Ni se sabe dónde está ni se confía en una oferta absolutamente diluida en una fraseología oportunista que se nutre de obviar la realidad propia y escarnecer la ajena. Se supone implícitamente que la socialdemocracia tiene la razón, porque un día la tuvo, y ese día, y esa esperanza, se pretende reconstruir denunciando aquello de lo que han sido partícipes. “Si alguien nos tiene que joder, que lo haga la derecha, que tiene una amplia experiencia al respecto”, comentaba un bloguero recientemente. Pues eso. El reciente Congreso Federal, celebrado en Sevilla, se limitó a elegir a un secretario general, pero no avanzó un ápice en la reforma política, organizativa y programática de un partido noqueado y tumbado en la lona por méritos propios. Ahora el PP acumula un inmenso depósito de poder político e institucional que utiliza (y sobre todo utilizará) de manera aplastante y sin temer la bipolarización política y social.

En Canarias la situación es aun peor, porque el PSC-PSOE cogobierna en la Comunidad autonómica, es decir, es corresponsable en la gestión pública de la región en la peor crisis económica y social que vive el Archipiélago desde la posguerra civil. Después de cerca de veinte años en la oposición ha desembarcado en el Gobierno regional cuando la crisis ha dejado de manifiesto la fragilidad del sistema económico canario y se vuelve contra la inoperancia de las propias administraciones públicas, estranguladas por el miserabilismo presupuestario impuesto por las circunstancias, y que se agravará aún más en los próximos meses. Para colmo las aguas internas del PSC no están precisamente remansadas, lo que ha llevado al secretario general, y aunque no se note, vicepresidente del Gobierno y consejero de Educación, José Miguel Pérez, a posponer el Congreso Regional hasta el próximo octubre. Pérez no las tiene todas consigo, aunque su carácter de burócrata ordenancista de pijama y orinal a partir de las nueve de la noche transmita que ni siente, ni padece. Sus antiguos apoyos se vuelven lanzas, y la suma de sus partidarios decepcionados con la de los restos activos del juanfernandismo podrían cristalizar en un candidato que le descabalgue de la Secretaría General, en la enésima crisis interna del PSC en los últimos años. El elegido podría ser Pedro Martín, alcalde de Guía de Isora, y lo peor que le podría ocurrir a Pérez es que fuera el único candidato alternativo, con el apoyo de todos los sectores disconformes en Tenerife, Gran Canaria y La Palma. Los cerca de 300.000 parados isleños no verán con demasiada simpatía un nuevo duelo de espadachines socialistas y sus posibles efectos en la estabilidad en el Gobierno autonómico. Antes de pasearse por las manifestaciones, en definitiva, los dirigentes, cuadros y cargos públicos del PSC deberían enfrentarse a su realidad, poner orden en su casa, advertir que cogobernar no significa renunciar a existir y construir una alternativa verosímil para el centro izquierda en las islas. Les propongo un lema: “Esto no es una crisis, esto es el PSOE”.