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La batalla > Jorge Bethencourt

Lunes. Hemos colocado la plataforma en posición. Los anclajes nos han llevado casi medio día. Los técnicos están expectantes, excepto Marcial que sigue tranquilo. Como es canario pensamos que es su carácter.

Martes. Un barco de Greenpeace se ha acercado a la plataforma probablemente para hostigarnos. Ya estamos bastante curtidos en este tipo de enfrentamientos. Los trabajos siguen a su ritmo normal. Hemos empezado a hacer descender la sonda.

Miércoles. Los del barco ecologista están colocando un sistema de altavoces en la borda, dirigido hacia nosotros. Un señor en bermudas, chancletas y corbata, que ha dicho ser el presidente del Gobierno de Canarias, ha venido en lancha hasta la plataforma. Le he recibido en mi despacho. Me ha soltado un discurso soporífero y me he dado cuenta que efectivamente debe ser el presidente. Lo importante es
que al final, con aire solemne, me ha anunciado que está dispuesto a usar “las medidas más extremas”. Me ha dejado preocupado. ¿Estarán armados? He pedido instrucciones a la central.

Jueves. En Madrid se han desternillado de risa. “Ten cuidado no te vayan a tirar papas arrugadas”, me ha dicho el jefe entre carcajadas. Me he quedado más tranquilo. Estamos llegando con la sonda al lecho marino. Todo normal.

Viernes: ¡La amenaza era cierta! ¡Esto es insoportable! Desde las dos de la madrugada ha comenzado el bombardeo. Un sonido horroroso, que nos destroza los nervios, ha empezado a salir de los altavoces del barco enemigo. Un individuo con barba blanca se ha puesto a saltar y a cantar en un escenario improvisado encima de la proa del barco. Mis operarios se han puesto cascos. Pero es insoportable. Yo mismo tengo los nervios a flor de piel. No sé si podremos aguantar. Nadie puede dormir.

Sábado. La vida ha desaparecido del entorno de la plataforma. Hasta las algas se secan. Los peces han huido. Mi gente se desmorona sicológicamente. No podemos trabajar ni concentrarnos. He pedido ayuda a la Armada, pero no pueden intervenir. En Madrid no comprenden nada. Esto es terrible.

Domingo. Nos retiramos. He ordenado recoger todo y salir zumbando antes de que alguien se suicide. El enemigo no ha cesado de hostigarnos. Y el de la música sigue cantando. Solo Marcial sigue aguantando impávido. Le he preguntado al canario por el arma secreta de su gobierno y el tipo me ha mirado y solo me ha dicho: “Pepe Benavente”. Hicimos mal en minusvalorarlos. No tienen piedad.