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La ciencia enferma > Rafael Alonso Solís

De repente, el pavor que inspira el conocimiento de la mortalidad se ha instalado para quedarse. Ahora es la estructura científica, esa endeble construcción que pensábamos apuntalar en otro momento, mientras sus protagonistas envejecían sin relevos, sin programación, y sin el establecimiento de estructuras capaces de garantizar su sostenibilidad. El mal ya está hecho. No se trata de la necesidad de acciones que acerquen la ciencia española al ritmo y a la calidad de producción de la vanguardia europea, sino del reconocimiento de una catástrofe sin paliativos, con consecuencias similares a las de la generación de investigadores que la guerra civil obligó a emigrar con lo puesto. Lo cual no ha sido, únicamente, responsabilidad de unos pocos, si bien éstos han ido cambiando de legislatura en legislatura, perdidos entre la afición a innovar desde la nada o a enmendar la plana a los tímidos intentos de sus antecesores, sin aceptar casi nunca un lenguaje común, sin identificar una estrategia de largo plazo, sin superar la visión del político miope, capaz de repetir frases repujadas sin entender su significado, ni su alcance, ni las consecuencias de su desconocimiento. Ha sido una obra bien rematada por todos, dentro y fuera de los centros de poder, a la que no han sido ajenos ni los dirigentes académicos ni los sindicatos de clase, incapaces de deslindar el discurso genérico del matiz, de la precisión y del foco. También de los propios científicos, a los que el desencanto progresivo ha ido encerrando en estanques de ambición pequeño-burguesa, desperdiciando su supuesto talento en descubrir el mejor sistema para sobrevivir en medio de una administración ineficaz las más de las veces, cuando no diseñada para que los objetivos jamás fuesen más allá de un trienio. En su caso, además, hay que añadir la actitud despectiva del habitante de la torre de cristal, convencido como ha estado de la calidad de sus excreciones, pero incapaz de explicar a la sociedad el sentido de su trabajo, su utilidad en la construcción del futuro, su disponibilidad para dibujarlo empujando en la misma dirección que sus colegas, en lugar de practicar un ejercicio de navajeo de medio pelo, imitando en muchas ocasiones el galleo de los artistas vanidosos, pero con escasa gracia y mucha mala leche. Cuando la mirada política es local, la decepción aumenta por la frugalidad de los resultados. Y aquí ha sido la misma clase política, el mismo nutriente ideológico, las mismas familias dominantes en la Sicilia tropical, quienes han derramado el tiempo y el dinero gesticulando para la galería para llegar, finalmente, a ninguna parte.