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‘La Pepa’ > Luis Ortega

En la casa de la infancia y, dentro de una carpeta negra, encontré un recorte de prensa con un poema enfático dedicado, según mi padre a La Pepa, la primera Constitución de la Monarquía, que sentó en el trono a uno de los tipos más nefastos de nuestra loca historia. Con un programa de la Bajada de 1950, coplas a la espera de cantantes, partituras incompletas, una esquela de un prócer republicano sin cruz ni señas religiosas y una revista de 1929, Litoral, con anotaciones personales de su dueño, el legajo fue mío con la condición de que “no lo enseñara por ahí, por si acaso”. Porque nosotros crecimos bajo una condicional cuyo peso y límite era un misterio y, por ampulosa, aprendí aquella proclama rimada. Partía de una cuestión retórica: “¿Quién es bastante a reprimir el llanto / y quién a contener en su hondo pecho / el oprobio y el despecho / si contempla el furioso despotismo / que, cercado de ruinas y de espanto / y de muertes y de horror no satisfecho / por tantos siglos humillarnos pudo…” y, en aquella infancia de carencias e ingenios, lo soltaba en la Fiesta del Libro de la Escuela Pública y en las funciones de títeres que montaba con Jorge Lozano; en el último caso y cuándo se preguntaba por el causante de los males que afligían a España -“¿Quién fijo yugo tan cruel…?- los chicos gritaban: la bruja, el guardia civil y, hasta, Gorgorito. De vuelta a la “Oda al patriotismo”, la enumeración de las desgracias cedía paso al triunfo de la libertad y al imperio de la ley. “La suspirada aurora / amaneció por fin; la triunfadora / verdad exenta del enorme peso / del fanático error, ufana vuela / vuela la libertad, las leyes mandan / y gloria y prez al español congreso/ del uno al otro sol su imperio agrandan”. La firmaba Francisco Sánchez Barbero (1764-1819), un salmantino ilustrado con una docena de títulos de variado espectro -desde retórica, poética y gramática latina a una necrológica, con cierto morbo, de la Duquesa de Alba, la modelo más famosa de Goya- y un acendrado patriotismo que retrató en sus relatos sobre la Guerra de la Independencia. Amante “del orden y la dignidad clásica”, periodista, liberal hasta la médula y autor, según los críticos de la época, del primer elogio lírico a La Pepa, la suspensión de la norma constitucional por Fernando VII le llevó a la cárcel y más tarde a un duro destierro en Melilla donde falleció. Hace hoy doscientos años, repartió pasquines para celebrar la llegada de la libertad, sometida luego a los antojos de un monarca limitado.