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Maná y faroles > Francisco Pomares

El estado del debate petrolero puede ser excelentemente estúpido o mediopensionista, según se mire, y quien lo valore, pero. mientras sus señorías se ponen a la altura del betún y dan sonoros portazos, los verdaderos contendientes de esta pelea que apenas comienza, ya apuntan sus maneras: Repsol nos golpea con su primera campaña informativa, centrada en los beneficios incontables del petróleo: miles de empleos que crearán las extracciones -52.000 según un periódico de Las Palmas, 5.000 según otro- y la inversión necesaria dejará casi 4.000 millones de euros en las islas. Además, Repsol anuncia que hasta el 95 por ciento del dinero en nóminas para el personal de operaciones (los no directivos, vamos) se queda en Canarias, y promete que toda la tripulación de los barcos que trasporten el crudo será local. Todo un modelo de gestión. Mientras, el Gobierno de Canarias hace aprobar al Parlamento una petición de paralización de las catas e insiste (quizá demasiado, pero las palabras del Parlamento pesan tan poco…) en los riesgos para el turismo.

O sea: los jugadores mueven sus fichas y tantean lo que pueden poner en juego. La mejor foto de esta partida no tiene nada que ver con la de esas plataformas que ilustran los reportajes periodísticos sobre las extracciones. La mejor foto es una foto de interior, una foto de sofá, la de Antonio Brufau reunido en divertida y relajada charla con Paulino Rivero en su despacho en Presidencia del Gobierno, los dos con sonrisas de oreja a oreja, observados por un desternillado Nemesio Fernández. ¿De qué se ríen? Bueno, en estos tiempos de escasez y sufrimiento, si hay motivos para el optimismo deberían ser de público y general conocimiento…

Vivimos -también en esto- la retrasmisión de una farsa: tanto Repsol como Rivero saben que habrá prospecciones y extracciones. Rivero gana tiempo con los suyos, porque Lanzarote y Fuerteventura no están por la labor, no lo ven claro. Pero él sí. Quiere poder poner en la mesa de negociaciones -que no es sólo con el Estado, es también con las dos islas que sostienen su Presidencia- el maná con el que Repsol hace subir las apuestas. Pero no basta con promesas: Rivero busca un compromiso de participación del Gobierno en el negocio, un cinco por ciento que tape los agujeros y las bocas más protestonas. Mientras llega, Parlamento y tribunales se lo pondrán difícil a Madrid y a Repsol. Y si hace falta rectificar luego, se hará, ¿A quién le sorprendería que la cuadra de excelentísimos cambie otra vez de opinión?