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Regreso al pasado > Francisco Pomares

El ministro Soria y el Gobierno de Canarias han marcado ya lo que van a ser las coordenadas del debate político en Canarias. Con alegre cinismo, el ministro habla de extraordinarias relaciones institucionales con la Administración Canaria, de lo bien que se entiende con Rivero o de lo importante que es trabajar desde el consenso. Pero lo cierto es que las relaciones están rotas, Rivero y él se profesan un odio insano y la voluntad consensual ha sido sustituida por el toma y daca más sistemático y brutal que recuerde la política local. Esto no es deporte, ni política: es una guerra de exterminio. Aquí vale todo, y además no ha hecho sino empezar. En medio de la peor crisis de la que hay memoria, con más de 300.000 parados, 600.000 personas instaladas en la pobreza, las arcas vacías y el Estado de Bienestar disolviéndose, nuestros políticos optan por el pulso, por un enfrentamiento suicida y sin concesiones, dónde lo único importante parece ser la cantidad y profundidad del daño que se logre infligir al contrario.

El enfrentamiento Madrid-Canarias fue el primer frente abierto: curiosamente, casi todos los problemas surgidos con Canarias se producen en áreas que dependen directa o indirectamente del ministro canario. Canarias reacciona levantando la bandera de la dignidad herida, y recurre al viejo y gastado guión de responsabilizar al Estado de todos sus males, amenazando con la desafección. Lo de menos es que sea inevitable que se produzcan recortes en todos los ámbitos y en todas las partidas. Cualquier ajuste que afecte a Canarias será tratado ya como fruto de una voluntad de persecución. Con tal argumento, resulta inevitable la apertura de un segundo frente, aún más peligroso, que es el de la guerra interior: el PP reproduce los esquemas de enfrentamiento Canarias-Madrid, planteando la supuesta existencia de un nuevo conflicto, el que enfrenta al Gobierno de Canarias con la sociedad grancanaria. En realidad es el viejo pleito de siempre entre Las Palmas y Tenerife, al que se recurre camuflándolo como conflicto entre la región y una isla, porque el poder regional es ajeno al PP. Cardona y Bravo asumen complacientes la estrategia, y desde el Cabildo tinerfeño se reacciona contestando en el mismo tono, recurriendo al inagotable saco de las afrentas presupuestarias. Y ya la hemos liado. Canarias vuelve a instalarse en sus fantasmas de siempre: una clase política ocupada en culpar al otro y alimentar el conflicto y la división social. Mientras la región se desvanece entre la inanidad y la miseria.