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Rodeados > Alfonso González Jerez

Mientras Paulino Rivero empujaba un montón de nada como un sísifo irremediable en la tribuna del Parlamento, el ministro de Industria, Energía, Turismo y Putaditas, José Manuel Soria, proclamaba emocionado, después de desayunar en el Nueva Economía Forum -entre los patrocinadores figuraba Repsol- que “sería extraordinario encontrar petróleo en Canarias”. Espere un instante. Pero si el mismo Soria lleva semanas anunciando la formidable cornucopia de beneficios que la explotación de los yacimientos submarinos proporcionaría a las Islas. Y lo más sorprendente: después de expresar esta conmovida expectativa -y desayunar opíparamente en el hotel Ritz- lo vuelve a hacer. De nuevo campanillea sobre el efecto de arrastre para la economía del Archipiélago, el empuje de la actividad industrial, la creación de miles de puestos de trabajo. Este doble juego entre la esperanza y el milagro puede justificarse a partir de las previsiones -muy provisionales y sujetas a variaciones- realizadas por la compañía petrolera. Pero si se decide así que se introduzcan todas las variables: hace apenas dos o tres años Repsol avanzaba que la vida de explotación de los yacimientos podría estimarse entre veinte años y veinticinco años, con una tendencia decreciente de la producción a mitad de dicho periodo. Un cuarto de siglo de explotación petrolera no supone ninguna garantía para la transformación del tejido económico de una sociedad. La explotación de los yacimientos submarinos en las proximidades de Canarias podría aliviar la factura petrolera de España y significar varios cientos de millones de euros anuales a través de vías fiscales para la hacienda pública española, pero presentarlos -antes incluso de conocer exactamente su volumen, calidad y costes de extracción- como una alternativa de crecimiento para la economía canaria solo puede ser considerado como una temeridad, cuando no como una mera estafa política.

En la tribuna de oradores Paulino Rivero se empeñaba en hablar sin papeles en fiero combate contra la sintaxis y la logopedia. El sinpapelismo es la enfermedad infantil del parlamentarismo. Un discurso en un debate de esta naturaleza está obligado a hacer un resumen de la gestión realizada, un conjunto de objetivos dotados de instrumentos y medidas explícitos para conseguirlos y un pronunciamiento político meditado y razonado sobre los grandes asuntos de interés general del país. Pero el presidente Rivero opta -al menos en su intervención inicial- por deslizarse cual gondolero enamorado de su propia cadencia por una exhibición de lo que debería ser Canarias, dónde deberíamos estar, dónde estará mi carro y no entiendo quien lo robó porque yo duermo poco y adelanto a cualquiera carro con sacrificio, disciplina y zapatillas.