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Territorios y poder > Jorge Bethencourt

Este país vive un momento Teresa de Jesús, de vivir sin vivir en si, que afecta a la estructura misma de su ser. Un momento metafísico. Claro que cuando hay que pagar la hipoteca y la cesta de la compra y a uno no le llega el dinero, el personal no está para temas escatológicos.

Pero lo que crisis económica encubre con sus urgencias es otro problema más profundo que los últimos años de gobierno de Zapatero abrieron como una caja de Pandora de imprevisibles consecuencias.

Hace poco más de una década estábamos hablando de los Estados Unidos de Europa, de una Constitución europea, de una moneda común que nos abría las puertas a una realidad transnacional. Estábamos llegando al sueño de un gran estado a través de un sólo mercado. El sueño se hizo trizas poco a poco. Primero con el fallecimiento de la constitución naciente. Después con las rivalidades internas entre zonas ricas y pobres de Europa. Y más tarde con la explosión de la crisis de las deudas. Y hoy, sólo unos pocos años después, el problema ya no es que no soñemos en una Europa unida y sin fronteras, sino que se nos está yendo a pique el Estado de las autonomías.

Lo que vertebra realmente un país no solo es una bandera, un himno y un ejército común. Son algunas otras, igualmente importantes, como es que existan las mismas condiciones de mercado para todos, los mismos servicios públicos y las mismas leyes de régimen común. Cuando en Cataluña se aumenta la carga de la fiscalidad sobre las rentas del trabajo o del capital y en Madrid se plantea hacer exactamente lo contrario, lo que se percibe, banderas aparte, es la existencia de dos realidades nacionales diferentes.

El conflicto territorial se ha reabierto de una forma imparable en España. Y de una forma más venenosa que las reivindicaciones políticas. Porque la fuerza motriz del movimiento centrífugo de Cataluña, a cuya velocidad de escape podrían sumarse de forma inmediata otras reivindicaciones territoriales, es una soberanía fiscal y económica que tiene mucho de razonable si tenemos en cuenta que no se está pidiendo nada que no exista ya, como es el caso del País Vasco. Mientras nos tapábamos la cabeza con Bruselas se nos han destapado los pies nacionalistas. Encima de pobres, con catarro. Esto va mal. Pero tranquilos, que se pondrá peor. No hay nada que esta buena gente no pueda empeorar.

Twitter@JLBethencourt