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Vladimir Putin > Luis Ortega

Su triunfo en las presidenciales rusas estaba tan cantado como el del inefable y aprovechado Angel María Villar “a la Real Federación Española de furgo”, como él dice. Vladimir Putin tiene, si se observa bien, muchos puntos en común con el ex jugador del Atlético de Bilbao: ambos son licenciados en derecho; el vizcaino por las facilidades que los deportistas y etarras tienen para estudiar y graduarse en las universidades vascas; el ruso por las mismas ventajas que, para esa meta, tenían los agentes de la KGB en Leningrado, que ha vuelto a llamarse San Petesburgo. Con picardía campesina, uno y otro han cubierto sus ansias de poder; Villar -parece una broma- ocupa el cargo desde hace veinticuatro años y tiene un margen de maniobra infinito ante la mediocridad de sus grises directivos; a Putin le ocurre algo similar, porque los correligionarios de “Rusia Unida” son una panda de acólitos dedicados al amén, desde el actual presidente Medvédev, títere que mantuvo el sillón caliente a su patrón, que ya ejerció la máxima magistratura entre 1999 y 2008, después de forzar la dimisión del cascado Yeltsin. En los últimos cuatro años, el frío y avezado espía estuvo al frente del gobierno y saltará de un cargo a otro mientras el cuerpo aguante. Las reacciones ante las victorias de estos tipos (de declaraciones planas, ideas oscuras e intereses indudables) son similares; tras sus abultadas victorias, sus electores se avergüenzan de su decisión y niegan haberles votado o cambian de tema; y las oposiciones directas, desunidas y cabreadas se limitan a hablar de pucherazos, consentidos por todos los estamentos futbolísticos españoles en un caso, y por el miedo que se respira, y se huele, en la extraña democracia en que devino el estado comunista. A los futboleros les queda el consuelo de que el jefe del “furgo” no los putee demasiado, a través de los trencillas y de las instancias superiores, UEFA y FIFA sobre las que pesan iguales personajes, servidumbres y desconfianzas. En el caso de la gran nación que cierra Europa, las esperanzas entran en el territorio del milagro porque, además de una ambición desmesurada y una voluntad de hierro para satisfacerla, Putin ignora con olímpico desprecio, la nueva situación de la globalización y, aún fracasado, el multilateralismo, y explota una suerte de guerra fría contra Occidente, que ensaya en sus irracionales apoyos a posiciones peregrinas y peligrosas de países radicales y aún no sabemos a que carta se queda con la llamada primavera árabe.