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Aprendiz de brujo> Randolph Revoredo

Krugman suele decir que la deuda de un país no es lo mismo que la de una persona. Si bien una persona con demasiada deuda tiene un problema serio, un país no necesariamente. Esto es, dice, porque la deuda soberana está distribuida en todas partes: todos tienen de todos.

Podría ser una idea que tuviera base si se piensa que todos tienen proporcionalmente lo mismo de los demás. Algo así como que se anulan deudores con acreedores. No parece haber diferencia entre suponer esto y la hipótesis de los mercados que tienden al equilibrio por sí mismos, pues ambas son hijo e hija de su padre y su madre: la marfilesca academia.

España, que se hunde, probablemente tenga deuda de Portugal, Francia, Alemania, Estados Unidos e Italia, teniendo ellos contrapartida en deuda castiza; como unos y otros se hunden, todos tienen otras cosas en qué preocuparse. Con todo, nadie piensa en el reclamo por la vía de los hechos. Así, muchos países, pero no todos; entre ellos China. Es un país al que le deben mucha pasta (más de la que este debe) en especial deuda americana, letras del tesoro, por ejemplo, en cantidades muy de por favor, y situaciones inesperadas, que abundan y abundarán, tensionan, agudizan, desequilibrios y siembran vientos.

The Economist menciona la creciente e intocada apuesta del país asiático en modernizar y hacer de sus fuerzas armadas una potencia disuasora con eco en todo el Pacífico. Hoy no tiene mucho qué decir, pero, dice el semanario, ya para el 2030 será otro cantar.

Debemos recordar que las discusiones entre países son más sinceras y las palabras más convincentes en la medida del respaldo militar que les secunda. Una tensión entre relaciones chino-americanas estos días solo conseguirá poca cosa más que apretones de mandíbulas y ruido diplomático chino. Pero esto no durará siempre. Hay guerras que comienzan así. No paga: se decreta embargo, o sea, invasión. Por lo que estar altamente endeudado puede conducir al fin de la negociación por medios pacíficos: dejar todo al dios de la complejidad, de la teoría de juegos y sistemas de ecuaciones, a la ilusión de que ya no habrá guerras mayúsculas y que el ser humano ha superado sus miserias e impulsos cavernarios.

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