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Auto no mías > Luis Alemany

Ahora resulta que las autonomías son las culpables de la bancarrota económica en la que se encuentra sumido este país: al menos eso dice el ministro de Economía, tal vez porque hay que echarle la culpa de tal coyuntura a alguien que no forme parte del gobierno; porque cuando lo que ahora es gobierno practicaba una cómoda oposición limitada a decir sistemáticamente “no” (como proponía Raimon, pero cantando), sin ofrecer alternativas, bastaba con responsabilizar a Rodríguez Zapatero de todas las seculares desdichas carpetovetónicas, desde la muerte de Manolete hasta lo de Don Favila y el oso pasando por Alhucemas; de tal manera que no queda más remedio que reconocer que las autonomías españolas constituyen diecisiete cómodos pretextos para eximir de responsabilidades políticas al gobierno central, porque -en lógica estadística- malo será que alguna de esas diecisiete territorialidades no haya cometido algún error que pueda servir de tranquilizadora coartada a quienes -desde Madrid- necesitan escurrir el bulto de la responsabilidad. En la profunda ignorancia de política administrativa en la que uno se inscribe, tiende a pensar que las autonomías españolas no son otra cosa (mutatis mutandi ) que un torpe remedo de los estados federales europeos, que tan bien han funcionado en Alemania o Suiza: tal vez no se pueda decir lo mismo del federalismo de Estados Unidos, porque en aquel país no ha funcionado nada bien (políticamente hablando, como puntualiza, Día a Día, el propietario de un periódico insular) desde Búfalo Bill hasta Sitting Bull: desde esta perspectiva -de cosmopolitismo doméstico-, no puede uno por menos de sentir una cierta sorpresa ante tal declaración ministerial, cuando la supervivencia del país famélico que el Invicto Caudillo redimió, desde los hectolitros de sangre derramados previamente, fue posible merced a la solidez económica de dos autonomías hispánicas históricas, como Euskadi y Catalunya.

A lo mejor lo que ocurre con las autonomías españolas sea algo similar a lo que ocurre con los artistas -españoles o internacionales-: que nos hemos empeñado en inventar demasiados, sin excesivo fundamento, y luego cuesta tiempo darse cuenta de cuáles lo son de verdad: sin cuestionar la autonomía canaria (¡hasta ahí podríamos llegar!) a uno le resulta difícil considerar como tal autonomía a Madrid, que hasta Felipe II era un corral de cabras, y todavía no ha conseguido obtener la categoría de ciudad.