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Belmonte > Rafael Alonso Solís

Hace cincuenta años, tras haber montado un rato a caballo, y puede que hasta intentado torear en el campo, Juan Belmonte se encerró en su despacho y se pegó un tiro en la sien derecha. Lo hizo delante de un cuadro de Zuloaga, mientras el aroma seductor de los jazmines se metía por la ventana y llenaba la habitación de olor a cementerio en primavera. Casi un año antes, Ernest Hemingway se había suicidado en prosa maciza, al dispararse en la boca con su rifle preferido. Belmonte, sin embargo, se asomó al abismo tocando el mismo palo que Larra, cargando la suerte por el mismo lado que el escritor desengañado que había trazado las líneas del dandismo más de cien años antes, tras haber proclamado con amargura la muerte de la esperanza. Dicen que Belmonte se mató por desamor, despreciado por una mujer o incapaz de responder a la pasión que brotaba en su cuerpo de anciano. También, que el día anterior había visitado a su amigo Julio Camba, y lo había visto agonizar atravesado por miles de tubos asesinos. En realidad, llevaba toda la vida jugando con la muerte, y varias veces, en la soledad de la habitación donde se aguantaba el miedo, había acariciado una pistola y pensado en tomarle la delantera al destino. Como había hecho su caballo al lanzarse contra un muro, aburrido de que el gentío se subiese a su grupa cuando ambos paseaban por Sevilla. La muerte se elige para ponerle voz propia a ese instante, para hacerlo con un sentido armonioso y trágico, para que el final de la vida simbolice la entrada en la inmortalidad. Ramón Sanpedro, como aventurase en una carta, cruzó la puerta con la esperanza de que sus partículas se mezclaran con las del cosmos y volaran para siempre. Belmonte lo hizo para superar el aburrimiento y la impotencia, para aislarse de las tristezas por venir, para evitar el hastío de una cabecera rodeada por familiares deshaciéndose en llanto, para no conformarse. Como ese griego sin nombre que hace días decidió tomar la iniciativa y encabezar la lista de la rebelión. La muerte, así, se convierte en un toro negro que embiste con la sabiduría del que conoce el final de la historia, la inevitabilidad del embroque, la cara del destino. Belmonte, casi una figura del noventa y ocho, se disparó en la sien cuando comenzaba una época diferente. Ese mismo año se fundaban los Rolling Stones y John Glenn daba tres vueltas al planeta a bordo del Mercury, moría en la horca Adolf Eichmann y se inauguraba el Concilio Vaticano II, se celebraba el contubernio de Múnich y se desarrollaba en Asturias la huelga minera más larga de la dictadura franquista. Como todos los años, los tiempos estaban cambiando.