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Cuando se alejan los titulares > Manuel Iglesias

Los herreños deben tener actualmente un sentimiento que se podría reflejar en la frase latina Sic transit gloria mundi, sobre cómo pasa la gloria del mundo, en relación al volcán que los ha tenido de cabeza en los últimos meses y que ocupó grandes titulares de prensa en sus comienzos y que cuando se da por concluida su actividad, apenas ocupa unas líneas.

Detrás quedaron todas las desinformaciones y los triunfalistas análisis incorrectos sobre el supuesto atractivo turístico de la erupción que se decía que iba a ser un capital para la Isla. Y queda la realidad que muchos nos temíamos de una soledad y de unas dificultades económicas importantes, además de sacar a la luz muchos interrogantes sobre algunas de las infraestructuras realizadas y de los condicionantes de los sistemas de transportes insulares.

El volcán se apaga y detrás deja perjuicios y a cambio sólo aporta un punto a señalar en el mar diciendo que a varios cientos de metros bajo las aguas hubo una erupción, algo un tanto ridículo y magro resultado para montar un supuesto atractivo volcánico que nunca existió salvo para los científicos, los periodistas y a algunos aventureros, pero que no fue mucho más allá, como lo demuestran los porcentajes de ocupaciones de los aviones hacia la Isla.

Ya se ha dicho en esta columna que lo sucedido en El Hierro tiene aspectos elogiables que no deberían pasar desapercibido. Uno es la serenidad con que han llevado los herreños estos meses de inquietud, porque la preocupación lógica no ha estado acompañada de escándalos fuera de contexto y las reacciones se han producido más en torno a hechos sobrevenidos, como el cierre del túnel o las limitaciones en el pueblo de La Restinga, que por un alarmismo desorbitado ante el hecho, peligroso, pero natural, del volcán.
Ahora El Hierro seguramente debe reflexionar sobre lo que ha vivido, porque quizás tiene ante sí una oportunidad histórica de ver un cambio de modelo de la cultura de la subvención, para aprovechar la gran difusión que ha tenido su nombre, especialmente en la Península, y ponerse en un plano destacado de la actualidad turística.

Pero no sobre un volcán fantasmagórico en sí, sino con rentabilizar la curiosidad que ha surgido hacia la propia Isla, canalizándola hacia otros muchos aspectos que El Hierro puede vender y que son más estables en el tiempo, como la singularidad de sus paisajes, la tranquilidad que puede encontrar el viajero, la posibilidad de una gastronomía que puede basarse en productos naturales y frescos que sólo necesitan de cocineros bien preparados que sepan tratarlos y no los estropeen y otras posibilidades que pueden surgir si ponen imaginación y voluntad en ello, además de, llegado el caso, la ayuda del resto de las Islas.