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Disculpas > Leopoldo Fernández

Como se esperaba, el Rey ha dado la cara. Ha pedido públicas y contundentes disculpas por su inoportuno viaje de caza a Botsuana en las muy adversas circunstancias que vive el país y tras sus propias palabras sobre la necesidad de que autoridades y representantes públicos se comporten con ejemplaridad y austeridad. Apenas 11 palabras pueden ser suficientes para propiciar, desde la humildad que es también grandeza, el deseable restablecimiento de la confianza del pueblo en el jefe del Estado: “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir”. El gesto de don Juan Carlos, convencido sin duda de la impopularidad de su grave desliz, prueba su bonhomía y el afán de rectificar una conducta que le había granjeado críticas y reproches. En algunos casos, injustas, ruines y miserables porque mezclan churras con merinas y convierten a la Corona poco menos que en un lodazal de corrupción y vicios sin tiento ni medida. Como diría Hebbel, la mayor parte de esos críticos se han convertido en jueces y dinamiteros sólo porque no podían erigirse en reyes. En democracia, la crítica es lícita y necesaria, aunque en nuestra época a veces se convierte en viciosa y cae en un mal mayor que el que trata de juzgar. Aun así, ni siquiera la persona que encarna la Jefatura del Estado debe quedar fuera de ella, a condición de que la opinión se sitúe en sus justos límites. Quiero decir que una cosa es la persona del Rey, que merece respeto, y otra la institución monárquica a la que representa y que, por encima de personalismos y encarnaciones, tiene condición y vocación de permanencia y por sí sola merece consideración y acatamiento; entre otras cosas, porque así lo quisimos y lo votamos la gran mayoría de los españoles. Estoy dispuesto a aceptar que el error del Rey fue morrocotudo, garrafal. Pero ¿de verdad que no merece el perdón, ese que se aprende en la vida cuando nosotros mismos hemos necesitado demandarlo no pocas veces? ¿Acaso no ha sido Su Majestad, durante 37 largos años, el principal activo de la democracia, la paz, el progreso y la cohesión entre los españoles, incluidos los que puedan sentirse legítimamente republicanos? ¿Por qué algunos perdonavidas ni siquiera tratan de comprender el lado menos malo de la cacería, es decir la falta de coraje para rechazarla, tras ser invitado por un empresario saudí que influyó en que medio centenar de empresas españolas lograran el mayor contrato de obra pública en Oriente Medio? ¿A qué vienen esas carreras alocadas en pos de la bandera tricolor en una cacería no de elefantes, sino de abdicación e incluso de cambio de régimen, cuando nada inmanente está en cuestión salvo en la mente de unos pocos?