va por el aire > Benito Cabrera

El bosque de los violines > Benito Cabrera

Cuando oímos una orquesta sinfónica, o una parranda folklórica, hay un elemento de unión entre ambas que trasciende más allá del uso de la música como lenguaje común. De alguna manera, cuando suenan esos instrumentos (violines, guitarras, violas o timples) estamos oyendo los susurros del bosque al que pertenecieron alguna vez.
Son muchos los tipos de madera que se utilizan para construir instrumentos: desde las conocidas variedades de pino, ciprés, ébano o cedro, hasta nombres tan sonoros como capulí, palosanto, cocobolo o coralillo. Hasta quince tipos distintos se pueden usar para fabricar una guitarra.
Las cualidades de las maderas, como su dureza, maleabilidad y sonoridad, constituyen un laberinto de conocimientos ancestrales, que se van complementando con aportaciones de las nuevas tecnologías. Siempre me sorprende ver cómo los artesanos seleccionan e intentan conocer las maderas dándoles golpecitos con el pulgar, mientras pegan su oreja a la misma, para ver qué les dice el más complejo de los mecanismos conocidos para analizar la sonoridad musical: el oído humano.
Al norte de Cremona (Italia), crece un bosque de abetos al que han ido acudiendo los fabricantes de violines desde el siglo XVIII. Se le conoce como el Bosque de los Violines. Allí iban Stradivari y Guarneri, a dar golpecitos a los árboles para sentir qué les contaban sus maderas. Así las seleccionaban para fabricar los instrumentos más preciados de toda la historia de la luthería. Investigaciones modernas sostienen que se beneficiaron de una época de notable frío, que influyó de manera decisiva en la densidad de los árboles. Han pasado casi tres siglos de observación milimétrica de esos instrumentos, y nadie ha sido capaz aún de superar (ni siquiera reproducir) su excelencia.
Parece el bosque les hablaba de la música que encerraban, y ellos tenían la paciencia y la sabiduría de saber escuchar