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El Tenerife y los hermanos Grimm, por Karl McLaughlin

Temía que otro descalabro del Tenerife ayer nos hiciera revivir un triste aniversario. Hace exactamente 10 años, dos jugadores (Lussenhoff y Marioni) se enzarzaron en una pelea con aficionados fuera del estadio tras otra humillación en casa, en esa ocasión el 1-5 contra el Valladolid, que condenó al equipo al descenso de Primera.

Afortunadamente, desde los minutos iniciales del partido de ayer, era obvio que el tema de la columna de hoy no sería la repetición de tal lamentable aniversario. Empecé a recordar otro mucho más antiguo y universal, pero aplicable a la situación del Tenerife este año. Hace 200 años, en 1812, se publicaron los famosos Cuentos de los hermanos Grimm, esas historias fabulosas que todo niño se sabe de memoria. Cuentos llenos de pruebas, sufrimientos y tribulaciones; personajes profundamente malvados, sobre todo déspotas; dilemas morales, etc. Luchas por sobrevivir que generalmente se resuelven gracias a la intervención de un hada madrina o héroe. En estos cuentos, aunque damos por muerto al héroe, no existe la muerte definitiva. El personaje principal volverá a la vida por medios sobrenaturales para garantizar el triunfo del bien.

Algo similar ocurrió ayer en el Heliodoro. Hadas madrinas hubo, entre ellas el delantero centro del Oviedo, que, con toda la portería a su merced, falló una ocasión clara de gol que, a buen seguro, habría encendido otra mecha entre los aficionados del Tenerife. Y, a continuación, Sergio Aragoneses, con al menos dos intervenciones clave que evitaron que los visitantes igualasen el marcador. ¿El héroe? Sin duda Jorge Perona, con sus tres goles, dos de ellos de bellísima factura, que han servido para acabar con el divorcio entre la hinchada y la plantilla. El cuento del Tenerife (al menos en la liga regular) tiene pinta de acabar bien, a juzgar por el cambio de actitud y el esfuerzo demostrados por los jugadores. Menos mal, porque hemos asistido ya a mucho cuento este año, sobre todo el de la lechera. Más de uno diría que la entidad -empezando por su presidente- lleva viviendo del cuento demasiado tiempo. Posiblemente sea cierto, pero después de la grata sorpresa presenciada ayer, vamos a darle margen para que, a modo de los Hermanos Grimm, ofrezca una ‘final feliz’ a los únicos inocentes que hay en toda esta historia: la afición.