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Enroque largo > Jorge Bethencourt

“Lo siento mucho. Me he equivocado”. Tres décadas de democracia para escuchar estas palabras en manos de un jefe de Estado que ni siquiera está sometido al veredicto de las urnas. El único al que no votamos nos pide perdón. El único al que no votamos reconoce que metió la pata. Chúpate esa.

El rey tiene una sombra muy larga. Ha de tenerla quien convenció a Franco para que lo nombrara sucesor en la jefatura del Estado. Quien convenció al franquismo que todo estaría atado y bien atado. Quien dejó claro a su padre que el regreso de la monarquía no sería con él. Quien eligió a unos jóvenes cachorros del Movimiento para desarmarlo desde dentro. Y quien, después de todo eso, ordenó entregar al pueblo una Constitución y una democracia.

Por esto último, sobre todo, muchos republicanos hemos hincado el pico en el silencio. Salvo algún mentecato, impermeable a las enseñanzas de la historia. El 23 de febrero de 1981 muchos más se hicieron juancarlistas (incluso algún mentecato) cuando el rey se puso de parte de la democracia ante el intento de golpe de Estado. A otros nos pareció que don Juan Carlos estaba arreglando una chapuza que se había alentado irresponsablemente por muchos demócratas. El ruido de sables en los cuarteles, los incesantes asesinatos de ETA, la ya incipiente irresponsabilidad de los partidos políticos y la antipatía general por el hoy duque de Suárez nos llevaron al borde del precipicio. Pero no caímos.

Que el jefe del Estado se haya marchado de vacaciones, para matar un pobre elefante, estando el país como está, ha sido bastante inoportuno. Es desconocer el grado de cabreo profundo de una sociedad esquilmada que ha convertido un incidente en un naufragio. Y sólo ese caldo de cultivo explica la munición de todos los calibres que ha caído sobre una escapada que tiene tantas versiones como mala leche tenemos en el país. O sea mucha. Y más cuando se trata de caza mayor.

Los que seguimos siendo republicanos, a pesar de Cayo Lara, cuestionamos la jefatura del Estado porque simplemente no la elegimos. No hay nada nuevo que añadir, por muchos disparos inoportunos que se le escapen a la real escopeta de don Juan Carlos.

Y en todo caso, por mucho que me repugne que la gente mate animales, tengo que concluir que al fin y al cabo resulta preferible que el rey de España se dedique a matar elefantes grises en África antes que a criar elefantes blancos en casa.

Twitter@JLBethencourt