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Érase un obispo > Jorge Bethencourt

Tengo una religión: el escepticismo. Y una certeza: la duda. Y juzgo el mundo a través de una sola regla: la libertad. Con este escuálido equipaje, al que acompaña siempre mi ignorancia, me he perdido en la metafísica profunda de las palabras del obispo de Alcalá de Henares que arrebatado por la pasión de las fechas de la cuaresma la ha tomado con los homosexuales y los excesos de la carne.

El clero y la carne han tenido siempre una relación tormentosa desde que los papas hacían hijos e hijas como el que hace pelotillas escarbándose en la nariz. Los numerosos casos de pederastia que han causado estragos en las huestes del Vaticano le harían suponer a uno un poco más de humildad en el obispado a la hora de juzgar a personas que ni han hecho voto de castidad, ni son creyentes, ni tienen que vivir conforme a los códigos morales de los católicos. Pero lo más insufrible del proselitismo cristiano es su permanente obsesión por salvar a los ateos incluso en contra de su voluntad, por imponer sus reglas, sus principios y su ética. Ir a clubes de hombres nocturnos es un desorden de sustantivo (será al revés, o serían clubes de vampiros). Se le puede perdonar a un cateto, aunque sea obispo. Pero afirmar que “el mal se nos presenta bajo la apariencia del bien, promueve nuestros instintos y nos dejamos llevar por la apariencia del bien” es, con perdón, la hostia. Porque si el mal parece el bien y creyendo hacer el bien hacemos el mal, resulta que lo contrario es lo correcto. O lo que es lo mismo, que siendo que el bien parece el mal, haciendo el mal estaremos haciendo el bien. Como diría la primera parte contratante de la segunda parte contratante. No sé con qué vino consagran los obispos pero habría que revisarlo urgentemente.

A pesar de lo que parece, respeto a la gente que tiene fe. Sobre todo a los que no me joden intentando que yo la tenga. A los que trabajan calladamente ayudando a la gente menos favorecida. A los que ejercen con obras, que son amores, y no con buenas razones. Pero resulta difícil aceptar la hipocresía de quien sin ver la viga en el ojo de las sotanas de la Iglesia critica la paja en los pantalones ajenos. El señor obispo tiene la libertad de expresar sus insultantes opiniones. Y yo la misma para expresar la mía: vuelvo a constatar que los únicos tipos con faldas que me caen bien son los escoceses.

Twitter@JLBethencourt