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Estado de malestar > Miguel L. Tejera Jordán

A estas alturas ya es más que evidente que hemos pasado, a toda pastilla, del estado del bienestar al estado del malestar y del cabreo generalizado de las gentes. Porque solo se habla de ajustes y de destrucción de derechos y servicios. Y porque únicamente se aprueban decisiones que tengan que ver con el pago de lo que debemos y el objetivo del déficit cero, pero no hay crecimiento, en paralelo, sino decrecimiento, es decir, menos actividad económica, menor productividad y más desempleo.

Nos dijeron que, gracias a los ajustes, los empresarios invertirían y generarían riqueza. Se necesitaba una reforma laboral urgentemente, y lo más dura posible, para poner en bandeja a la patronal la oportunidad de contratar gente, aunque fuera a cualquier precio, con tal de reducir las cifras del paro e inyectar dinero en las familias por la vía de la recuperación de salarios. Pero los empresarios no invierten un duro. Se mantienen a la expectativa, no ven nada claro, no gastan y no emprenden iniciativas. Hay un círculo vicioso, una pescadilla que se muerde la cola.

Para colmo, la pescadilla que se muerde la cola tiene ya dimensión europea en clave muy negativa. Amén del descalabro griego y de la recesión portuguesa, irlandesa, italiana y española, corresponde al Reino Unido presentar números rojos en el primer trimestre del año. Francia está a merced de unas elecciones que decidirán la presidencia de la república; Bélgica y Países Bajos están dando muestras de estancamiento económico y comienza a reconocerse que, la mismísima Alemania, empieza a perder mercados en el viejo continente. La razón no puede tener más lógica: Alemania tiene una industria poderosa y una economía y unos niveles de empleo absolutamente envidiables, pero necesita clientes que paguen. Pero sus grandes empresas ya no consiguen vender sus marcas en muchos espacios europeos, porque los ciudadanos y empresas de otros países carecen de recursos para comprarles y no obtienen créditos para endrogarse e importar bienes de la república federal. A este paso, la propia Merkel está viéndole los colmillos al león de la crisis porque, si caen los cachorros, las tetas de la madre germánica se quedarán sin quien las chupe y la leche se le secará como se le seca a todos los mamíferos.

Visto lo cual, nadie sabe ya nada. Unos siguen recortando a mansalva, otros hablan de acompasar los ajustes e invertir más en crecimiento. Los mercados no dan tregua y esto se puede poner feo, muy feo, en términos de alertas prerrevolucionarias y de ambientes de hostilidad que pueden salirse, cualquier día, de los cauces de la diplomacia.

Seguro que Zapatero tiene mucho que ver con esta zapatiesta, pero Rajoy no puede pasarse sus cuatro años de mandato recordando lo mal que lo hizo el socialista. Tiene que darle la vuelta a la tortilla, no en solitario, pero sí de acuerdo con los otros socios continentales. Tienen los líderes europeos, y por añadidura los del resto del mundo, que caer en la cuenta que, lamiéndonos las heridas, no curaremos esta sangría. Hay que darle energía al enfermo.

O terminamos todos dentro del cajón del muerto. Incluyendo a la todopoderosa Alemania, a la que de nada valdrá que siga produciendo, si no tiene clientes que le compren… Austeridad, sí. Pero sin colapso del sistema democrático.