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¿Estoy estresado?

POR LEOCADIO J. MARTÍN BORGES *

No he pegado ojo en toda la noche ¡Y van unas cuantas! La supuesta siesta reparadora no ha sido tal y apenas he dormitado, con sueños muy raros. En fin, mejor que me levante y trate de ponerme en marcha. ¡Que sensación más extraña tengo en el estómago! Me miro en el espejo y veo mis ojeras. ¡Uf, qué cansado estoy!, ¡me lo van a notar! Me pasan a recoger; entramos por una puerta trasera; oigo a la gente coreando mi nombre; me dicen: ¡Está a reventar! Los siento cerca; levanto la cabeza y sonrío. Estoy enchufado. ¿Va a ser una noche memorable! ¡Salgo al escenario!”.

El estrés siempre estará en nuestras vidas. Pero ¿qué entendemos por estrés?, Generalmente, lo definiríamos como un sentimiento incómodo que nos puede conducir a frustración y enfado, llevándonos en muchos casos a descargar nuestra ira.

¿Te has sentido alguna vez así? Bien, la buena noticia es que es algo normal y que constituye una reacción de alerta (y defensa) ante una situación potencialmente amenazante. La mala noticia es que si esta sensación nos atenaza y nos impide abordar la situación que la provoca, es posible que suframos consecuencias emocionales o físicas que nos pueden enfermar.

El estrés se considera la primera causa de enfermedad tanto psicológica como física. A pesar de que los estudios e investigaciones nos lo señalan constantemente, forma parte de nuestras vidas y resulta muy difícil deshacerse de él.

Pero, ¿realmente es necesario vivir sin estrés? O quizás la pregunta sería otra: ¿es posible hacerlo? Hay quien piensa que una vida sin las adecuadas dosis de estrés sería una vida muy aburrida. ¡Llegan a sostener que cuando único se sienten vivos es cuando están estresados! De hecho, no todo el estrés es malo y los humanos lo necesitamos para evolucionar y producir cambios positivos en nuestras vidas. Se pueden reconocer dos tipos de estrés, el eustrés y el distrés. El distrés es el estrés malo que causa problemas mentales, emocionales y físicos, mientras que el eustrés es el estrés bueno.

¡Sí, existe un estrés bueno!, que no es otra cosa que esa sensación de incomodidad ante cambios, retos, novedades o situaciones de especial alerta. Este tipo de estrés nos prepara para “activarnos” y abordar dichas circunstancias con mayores garantías de éxito. Es el mismo estrés que tiene Bruce Springsteen antes de iniciar un concierto o muchos de nosotros al introducirnos diariamente en la vorágine del tráfico. En una extensa revisión publicada en Psychological Bulletin, Suzanne Segerstrom y Gregory Miller, recogen la incidencia que tiene el estrés en nuestro sistema inmunológico, o lo que es lo mismo, como influye en nuestras defensas.

El estrés que activa nuestra respuesta de “luchar o volar” se considera como “bueno”. Esta respuesta proviene de nuestro tiempo en las cavernas y se activaba cuando nos veíamos amenazados por depredadores o teníamos que luchar por la comida. Sobrevive en nosotros y desencadena una primera línea de defensa ante amenazas o situaciones que requieren toda nuestra atención. Activa nuestro sistema inmunológico para actuar contra infecciones o traumas. Cantidades moderadas de estrés pueden ayudarnos a realizar nuestras tareas de forma mas eficiente e incrementar nuestra memoria. Como señala Lynne Tan, del Centro Medico Montefiore en Nueva York, el “buen” estrés contribuye a que el cuerpo resista las infecciones y mejora la función cardiaca.

Pero, ¿qué ocurre cuando esta situación se mantiene durante mucho tiempo o, simplemente, no podemos desconectar de ella? Cualquier estrés que se prolonga y que produce un cuadro de ansiedad y, eventualmente, de depresión, provoca la respuesta contraria. Se produce un debilitamiento de nuestro sistema natural de defensas y ocasiona efectos adversos en nuestro organismo, haciéndonos más vulnerables física y psicológicamente. Este último tipo de estrés, incapacitante, es el que debemos intentar desterrar de nuestras vidas. Para evitar la aparición de este tipo de estrés podemos utilizar las siguientes estrategias:

1. Evitar el estrés innecesario. Aunque parezca una obviedad, nos sorprenderíamos al comprobar la cantidad de estresores que podemos eliminar de nuestras vidas. Entre otras estrategias deberemos aprender a decir no, evitar las personas que nos estresan o racionalizar nuestra lista de “cosas por hacer”.

2. Alterar la situación. Si no podemos evitar la situación estresante, intentemos alterarla. Si algo nos incomoda, debemos tratar de expresarlo, sin perder el control. Cambiar nuestra forma de actuar al mismo tiempo que se lo solicitamos a los demás es una forma de hacerlo.

3. Adaptación. Si no podemos cambiar aquello que nos produce estrés, intentemos cambiar nosotros. Redimensionar los problemas, intentando verlos “desde fuera” y centrándonos en los aspectos positivos es una buena alternativa.

4. Aceptación. Hay cosas que, simplemente, no podemos cambiar. Una vez que entendamos que hay situaciones incontrolables e intentemos sobrellevarlas de la mejor manera, conseguiremos superarlas por muy difícil que esto parezca. Compartirlo con un amigo o acudir a un terapeuta puede ser también una buena idea en este caso.

5. Diversión y relajación. Quizá también resulte obvio pero, contrarrestar los efectos del estrés con actividades que nos hagan sentir bien reduce bastante su impacto. Programar tiempo para nosotros y para estar con los amigos, hacer algo que nos guste todos los días y mantener nuestro sentido del humor son valiosísimas estrategias para conseguir desconectar.

6. Una vida saludable. Por último, y no menos importante, podemos incrementar nuestra resistencia al estrés, fortaleciendo nuestra salud. Hacer ejercicio regularmente, comer bien, reducir la cafeína y dormir contribuye a abordar con mayores garantías los momentos estresantes que se nos presenten.

*Psicólogo
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