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De niño me contaron que cada 14 de abril -ayer se cumplieron ochenta y un años de la II República- un vencido, modesto y pulcro, sombrero en mano, recorría la calle principal de su pueblo con paso solemne y que, pese al férreo control político, aquel rito no se interrumpió hasta la muerte de un hombre que navegó contra corriente. Nunca quise saber si fue una anécdota puntual o una leyenda urbana pero, en cualquier caso, lo sentía como un gesto garrido en horas de suma pobreza y vigilancia. De otra parte, desde que le conozco -en el franquismo más crudo y formal- mi admirado amigo Genaro Miguel Morales Díaz -la Bomba Atómica, porque, desde su brillante bachillerato, sumaba con increíble capacidad conocimientos de todo tipo- llevaba en su bolsillo un ingenioso emblema republicano, formado por la unión de tres rotuladores Pilot -ojo, amarillo y violeta- para acreditar su ideología sin fisuras, defendida con privilegiada memoria y dialéctica rotunda y pasional. Además, en el barrio popular donde me salieron los dientes, corría entre susurros la propaganda de la Pirenaica, se guardaban lutos por víctimas inocentes en una tierra que no fue frente de combate y, por la otro parte, se magnificaban, con consignas maniqueas, los excesos y vehemencias de la llamada Semana Roja, una propina de respeto al orden establecido, roto por la aparición y los cañonazos del Canalejas. Cuando en las fiestas de mayo de 1979, contemplé la presencia de un alcalde comunista -Antonio Sanjuán, que ejerció con eficacia y demasiado carácter su cargo- al frente de una corporación de izquierdas en la misa del Salvador y en la procesión de la Cruz, respiré a pleno pulmón porque, contra trabas y provocaciones, la realidad demostraba que éramos capaces de compartir un proyecto común de convivencia, porque las diferencias no admitían demonizaciones y una constitución pactada permitía el relevo de gobiernos de distinto signo, oír en las Cortes lo que sonaba en las calles y viceversa. Superadas las peores circunstancias -incluido un golpe de estado y la trágica constancia de una banda asesina, que ha dicho que cesa de matar pero no entrega las armas- podemos opinar sobre qué régimen nos gusta o conviene sin que nadie pierda los nervios ni los anillos, y mirar hacia atrás sin ira, reparando injusticias que quedan pendientes y sin ningún ánimo de revancha. Con esas bases cumplidas, debemos aceptar el pasado, sin sacralizaciones ni venganzas y, si se puede con esta crisis, comer perdices y ser felices que, la verdad, no es mucho pedir y es la aspiración de la gente y los pueblos normales.