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Huelga general > Domingo-Luis Hernández

Por cuatro cosas se caracteriza el actual Gobierno de España: por mentir (subida de impuestos, facilidades para el despido, becas, amnistía fiscal…), por justificar y aplicar a los asalariados la mayor carga recaudatoria, por el enfrentamiento con los agentes sociales y por seguir a pie juntillas el dictado de los burócratas europeos, en especial de Alemania. No cabe manifestar contento alguno por las martingalas y maledicencias de la derecha. Es decir, no porque haya existido un régimen absolutista y criminal en Rusia cabe henchir el pecho a cuenta del comunismo. Ni manifestar contento por las primaveras del mundo árabe porque con ellas desaparezcan las dictaduras, los feudalismos o los fundamentalismos. El dolor es el dolor y ninguna revolución lo justifica. Desde el campamento Gdeim Izik del Sahara, arrasado por las fuerzas de ocupación de Marruecos, a los movimiento de Egipto, el Líbano, Siria… La desgracia no acredita una buena novela, como se afirma con frecuencia en relación con Dostoievski. Lo que sí es cierto, lo que prueba la historia de los hombres, es que más tarde o más temprano los seres humanos siempre responden ante la represión, el sojuzgamiento, el deshonor, el descrédito o la ofensa. La derecha ufana de ahora no se percata de semejante rigor. Al contrario, nos da en las narices con el perverso y antiético liberalismo económico. Ese que justifica a un banco central europeo conceder créditos al uno por ciento a los banqueros para que los banqueros compren bonos al cinco o seis por ciento y no para dar crédito al capital; ese que concede sumas ingentes a los banqueros mientras permite que la sucursal tal del banco cual se quede con la casa del vecino porque les debe 9.000 euros. Quiero decir que alguna vez el común de los ofendidos pondremos las cosas en su sitio y a cada cual en su lugar. Ya veremos. Ocurre la perversa historia que nos acosa porque la derecha no tiene memoria, no le interesa la memoria que no le conviene ni está dispuesta a responder a su ostracismo. Las voces siniestras repiten el talante de ciertos y precisos empresarios y, con ello, confirman la posición de los trabajadores en su desaliento. Se justifica el asunto porque si no se opera así, con un presupuesto bestial de recortes y más recortes, los dichos empresarios se enfadarán y no habrá trabajo, porque ellos no lo necesitan. Espeluznante. La criminalización de los sectores dichos y de los sindicatos es una imprudencia con mayúsculas, sin embargo. Entre otras cosas porque devuelve las conquistas sociales y las laborales a tiempos remotos. Paro en los sindicatos. La presión del gobierno y del PP no se justifica porque haya sindicalistas aprovechados. Conocemos políticos corruptos y partidos políticos a los que hay que echar de comer aparte y sigue funcionando el estado. Ese no es el asunto. Tampoco que los sindicatos carezcan de función en este tiempo, que estén acomodados, etcétera, etcétera. No es tan así. Los sindicatos españoles no tienen más remedio que reinventar su papel con el tiempo. Por ejemplo, no hace mucho firmaron acuerdos con la patronal antes impensables. La historia es que (con la venia de Alemania y unilateralmente) llegó el gobierno y mandó a bailar. Sorprendente. Rajoy no ha tenido aún tiempo para reunirse con los sindicatos. Sospechamos que buscaba la huelga general. Le salió el tiro por la culata. No por la huelga en sí, una huelga del miedo para los trabajadores, sino por la movilización ciudadana. Al todo político que se quebró en Andalucía se suma lo que se suma y ahí nos vamos a encontrar, apenas 100 días después. Los trabajadores responden por la minora de sus derechos y de sus conquistas, por las desconsideraciones. Luego, no es que no sea asumible la reforma laboral del PP; lo que no es asumible es lo que la reforma laboral significa. De seguir las cosas así, se abrirán las mismas puertas que antaño se abrieron: el enfrentamiento, incluso el enfrentamiento radical. La pregunta: ¿son rentables las reformas y ajustes del PP? Me temo que no. Ni para los trabajadores ni para los empresarios que pueden verse sorprendidos por conflictos y más conflictos laborales. ¿Qué queda? Primitivismo empresarial y gobiernos atrabiliarios. A los unos y a los otros les aterra el futuro y se agarran al espeluznante presente como pulpos con sus tentáculos.