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Las espaldas de la fe > Carmelo J. Pérez Hernández

Se acuerdan del pirado que el pasado mes de julio asesinó a 77 personas en Noruega? Primero, una potente bomba en el centro de Oslo para distraer la atención de la Policía. Y acto seguido, un tiroteo indiscriminado en un campamento juvenil de las milicias progresistas. Un verdadero cuadro -con sus alcayatas y todo- este individuo, y eso que los siquiatras aseguran que está cuerdo.

A lo que vamos. Resulta que actualmente se celebra el juicio en su contra. Y sucede que parte de la sociedad noruega se considera tan traumatizada por aquel episodio que no quiere ni oír hablar del tema. Es más, el principal periódico en internet ha decidido crear una edición sin referencias ni al crimen ni al juicio, como si nada hubiera pasado nunca. El lector, al entrar en la web, elige si desea ver lo que realmente está ocurriendo en su país o si prefiere una versión edulcorada de la verdad, una sin sangre, sin odios y sin muertes. Una versión de espaldas a la realidad. Ridículos estos noruegos, como si el hecho de no querer ver pudiera producir la magia de que no existió el crimen. Ridículos, insisto. Siempre me han parecido a mí un poco plásticas estas sociedad al norte del norte, tan ordenadas ellas, tan pulcras… tan de espaldas a la realidad.

Valga el caso para ilustrar que, en otro orden de cosas, sucede lo mismo en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia. La resistencia a la fe en unos casos, y la falta de madurez en la fe en los otros, creo yo que no son más que reflejos de lo que significa vivir de espaldas a la realidad: sin ahondar en la verdad de este hermoso mundo nuestro, tan cercano y tan escurridizo, que es como una eterna y gigante pregunta eternamente en el aire; sin sobrecogerse ante el misterio de la vida, el único incapaz de ser amasado por las manos o las máquinas del hombre; sin temblar ante el acontecimiento de la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Imposible me parece despachar estas cuestiones con un simple, o un elaborado, “paso del tema”, dándoles la espalda. Tremendo me parece reducir la vida y aparcar las preguntas con un desfile de razones para no abrir las puertas a lo trascendente, aunque sólo sea para vivir motivado con el deseo de terminar entendiendo. Más delito aún encuentro entre nosotros, los creyentes. Nuestra vocación es vivir de frente a la realidad, sin darle la espalda. Caminar así por la vida, sin atenuar las llamadas de Dios, dándole cancha para que crezca en nuestro interior su presencia y el dolor por su ausencia, es aquello para lo que hemos sido llamados. Resulta más cómodo, más tentador diría yo que es lo justo decir, más tentador es vivir como esos noruegos que prefieren no saber o, al menos, que escogen elegir en cada momento si quieren saber o no qué es lo que verdaderamente ocurre ahí afuera, donde se desarrolla la vida, donde Dios convoca a la fe. Propongo vivir esta Pascua cara a cara ante el misterio de Dios y su forma de entender el mundo. Multiplicar los encuentros con su presencia, buscar su rostro sin descanso. Propongo callar. Y olvidar. Y volver a callar para empezar a oír. Propongo olvidar las espaldas de la fe y vivir definitivamente de cara al misterio. Dios sabrá hacerlo si nos ponemos a tiro.

@karmelojph