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Precisión de oro, manos de plata

Antonio Moya ha sido el autor de las medallas de los concejales de las diferentes corporaciones. / MOISÉS PÉREZ

GABRIELA GULESSERIAN | Puerto de la Cruz

Sus alumnos observan atentamente la precisión con la que trabajan sus manos, curtidas desde hace más de 50 años por la dura labor que supone manejar determinadas herramientas, como la segueta, pero indispensables, por otra parte, para poder crear una pieza de calidad.

Antonio Moya, el maestro Antonio, como suelen llamarlo sus discípulos, es el primero y hasta ahora el único que ha tenido la única escuela pública de Joyería de Canarias, que se encuentra en la Universidad Popular Francisco Afonso, de Puerto de la Cruz.

Antonio empezó a trabajar en el centro en 1982, justo cuando se inauguró. Los concejales de esa época lo fueron a buscar a su taller particular, acompañados del que entonces iba a ser director. Conocían su trayectoria profesional y, sin dudarlo, le propusieron dar clases. “Fue todo un reto y a la vez una gran ilusión”, confiesa. Entre otras cosas, porque cuando era un aprendiz, con sólo 15 años, leyó en un diario local una entrevista a Juan Déniz, en su opinión, “el joyero más importante que ha dado la Isla”, en la que decía que sería loable contar en un futuro con una escuela de joyería en Tenerife. “Y resulta que unos años después, ese profesor sería yo y a mí ni me pasaba por la mente”.

En el primer curso había más de 60 alumnos y ”no sabía por dónde empezar”, porque tenía los conocimientos pero no la experiencia de cómo transmitirlos, así que para él también fue un aprendizaje. “Los primeros días estábamos todos de pie, como en un zoco, no había mesas ni sillas, tampoco material y la maquinaria para empezar a trabajar”, recuerda.

Tres décadas después, la escuela ha cambiado mucho. En sus comienzos la mayoría de los alumnos eran hombres mientras que en la actualidad, el 90% son mujeres, 27 contra 3, para ser exactos. También hay muchos jóvenes que acuden con la inquietud de labrarse un futuro profesional, obtener el carné de artesano y acudir a las diferentes ferias que se organizan, puesto que no todos los que terminan pueden regentar una joyería.

En la Universidad Popular se imparten otras enseñanzas merced a la joyería artesanal, como el engaste. | M.P.

Además, porque se imparten otras enseñanzas merced a la joyería artesanal, como el engaste, el arte de montar las piedras, un trabajo que está muy bien cotizado ya que “son pocas” las personas que pueden hacerlo. “Es como una especialidad dentro de la joyería”, explica. Y particularmente, es lo que más le gusta hacer. Microfusión, es decir, la fabricación en serie, es otra técnica muy rentable que, si se quiere aprender, hay que trasladarse a la Península, con el coste económico que supone. Sin embargo, subraya el maestro, “en la Universidad Popular la hemos dado durante 30 años a un precio simbólico”.

Tres años es el tiempo necesario para que una persona pueda adquirir los conocimientos necesarios en esta materia de acuerdo a cómo se dividen los módulos de enseñanza y empezar a dedicarse a una profesión que, en su caso, fue “un poco impuesta” y “otro poco” fruto de la casualidad. De hecho, su voz denota cierta pena cuando admite que su verdadera vocación, que se vio truncada como consecuencia de un accidente, era la de ser piloto militar.

De madre cubana y padre andaluz, Antonio Moya nació en Santa Cruz de Tenerife. Estudió en el colegio La Salle San Ildefonso, en la capital tinerfeña. “Era un niño pobre que estudiaba en un colegio rico”, indica. Por eso, cuando su padre le dijo que no podía pagarle la universidad tras finalizar el Bachillerato, sólo le dio tres opciones a elegir; joyería, mecánica o botones de un banco, dado que tenía amigos vinculados a estas actividades que le podían echar una mano. Pero él tenía claro que no quería ser un “pinche” puesto que “le daba corte” al haber estado con la “élite” de Santa Cruz.

Grandes satisfacciones

Su trabajo le ha dado grandes satisfacciones, pudo viajar y sacar a sus cuatro hijos adelante, “que no es poco”. Más que la joyería, aclara, la docencia, porque ha podido aprender y se ha dado cuenta de que muchos de sus alumnos se dedican a aquello que estudiaron. “Eso es una gran recompensa”, subraya.

Reconoce que tuvo la suerte de tener dos buenos maestros, Molina y Rafael, a los que les demuestra continuamente su agradecimiento. Ambos son padre y abuelo del que será su sustituto, Rafael Martín Krijer. “Fue en su taller donde aprendí y senté las bases”, certifica.

En su larga trayectoria ha logrado cosechar importantes éxitos, como ser el autor de las medallas oficiales de los concejales de las diferentes corporaciones portuenses y de las tres medallas de Oro de la ciudad, concedidas por el Ayuntamiento y elaboradas con precisión de oro y manos de plata, porque el trabajo manual que conlleva es “tremendo”. El diseño también es suyo, basado en el escudo de Puerto de la Cruz.

Treinta años después de ingresar a la Universidad Popular, Antonio Moya se jubila. “Será el 12 de abril”, confirma ilusionado. Su tiempo lo dedicará a bailar flamenco, viajar, porque es un “cruceroadicto”, retomar el gimnasio y disfrutar del sol. Sin embargo, dice que seguirá preocupado por el dudoso futuro que tendrá la Escuela de Joyería, que tantas alegrías y buenos recuerdos le ha dejado todos estos años.

Treinta años después de ingresar a la Universidad Popular, Antonio Moya se jubila. | MOISÉS PÉREZ

Futuro incierto de la escuela

Antonio Moya conoció la “época dorada” de la Universidad Popular, en la que hubo 23 profesores y se impartían enseñanzas de todo tipo. La Escuela de Joyería que él creó, la única pública de Canarias, tuvo el apoyo de todos los gobiernos municipales, más allá de su color político. Después de una “fructífera labor” y pese a que ha tratado de hacerlo “lo mejor posible”, teme que desaparezca. “Por razones económicas se están recortando gastos de todos lados e incluso se habla de la desaparición de la Universidad Popular”, sostiene. Ya en una ocasión la escuela estuvo a punto de cerrar sus puertas aunque en este caso los motivos son más serios: la difícil situación económica. Su gran satisfacción es que la persona que lo reemplazará, Rafael Martín Krijer, está “muy bien preparado” y también es orfebre.