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Señor: celebro su mejoría y que ya duerma en La Zarzuela en vez de en la clínica en la que le implantaron la prótesis de cadera que se rompió durante su accidentado safari por Botsuana.

Me alegra, asimismo, que sea usted el primer monarca de esta vieja España que ha pedido disculpas públicas por su desafortunado error. (En las edades media y moderna no había tele).

Pero lo cortés no quita lo valiente. Así es que me va usted a perdonar si le digo, con el mayor de los respetos de este mundo – y los debidos a su rango – que, como bien sabe, la memoria de los pueblos es frágil y quebradiza. Y que todos los grandes hombres, y todas las grandes mujeres, caen con facilidad en el olvido de las gentes en un abrir y cerrar de ojos, por mucho que hayan hecho cosas buenas, incluso muy buenas, en el pasado.

Usted jugó un papel trascendental durante la transición y los años siguientes. Hizo frente a los militares golpistas y representó a España en el exterior mejor que nadie. Pero de un tiempo a esta parte parece que le esté tocando la negra.

Y, si le está tocando, no se queje, que mucho peor están varios millones de ciudadanos que no tienen trabajo, muchos de los cuales ni siquiera disponen de un pan que llevarse a la boca.

Los ciudadanos, que no súbditos, al igual que reconocemos los méritos y perdonamos los errores, somos implacables cuando alguien quiere tomarnos el pelo.

Usted se ha disculpado por el error de su viaje a Bostsuana. Gracias por un gesto, que, no obstante, se me antoja forzado. Quiero que sepa, por si no se lo han dicho sus equivocados asesores, que las gentes de a pie de este país, entre las que me cuento, le tenemos que cantar, señor, las cuarenta. Empiezo.

Primera.- Con la prima de riesgo por las nubes y con 5,5 millones de parados, no está usted legitimado para marcharse a Bostsuana.

Segunda.- Aunque las autoridades del país le hayan invitado, el avión de ida y vuelta, los escoltas y otras menudencias, entre ellas el coste de la operación para reponerle la cadera, le dejan a usted en entredicho.

Tercera.- Reventar las trompas de los paquidermos a cartuchazo limpio, no está bien visto por nadie que tenga un mínimo de sensibilidad hacia los animales (toros inclusive). Semejante barbaridad se deja para los cazadores furtivos que quieren vender el marfil de los colmillos del mercado negro de este mundo.

Cuarta.- Se comenta que usted se marchó sin avisar al presidente del Gobierno y al del Congreso. Si tal caso fuera cierto, el país se habría quedado negligentemente sin jefe de Estado durante el tiempo que usted estuvo apretando el gatillo contra los proboscidios.

Quinta.-No le ayudan a usted sus yernos. Uno, porque un hijo, nieto de usted, de trece años, casi se arranca un pie con un arma de fuego que no debía estar en sus manos. El otro porque…, mejor lo dejo, que sus andanzas ya están en boca de todo el mundo.

Me quedan todavía 35 razones para seguir escribiendo.

Pero sólo añadiré la sexta: deje paso a su hijo Felipe y jubílese.

¿No se habla en estos tiempos del valor y de la importancia de la juventud, de los jóvenes emprendedores como el gran talismán que sacará a España del actual marasmo?

Pues pásele le corona a su heredero y tírese a la bartola.

Pero viva de sus rentas. Y que el Gobierno no le asigne una prestación por desempleo.

¡Que se mejore!