Sin temor a la meta final > Tinerfe Fumero

El aspa de la Cruz de San Andrés se me clavó en el corazón cuando iba de niño a la grada de madera que había en Herradura. Creo que el primero al que me llevó mi padre fue un CD Tenerife-Sporting de Gijón, allá por 1974. Se ve que me gustó, porque, abonado o no, siempre vuelvo. Y siempre, por este orden, disfruté del fútbol y de los triunfos blanquiazules. Pero hay partidos que no. Hay partidos en que, por el bien de la gente de mi Isla, lo primero y único importante es que gane el CD Tenerife. Y el partido contra el Real Oviedo es uno de ellos.

Así que allí estaré, en San Sebastián, animando al Tete. Como el primer birria, como siempre y como nunca. Porque no me olvido.

de los goles de Illán y de Cantudo. Ni de Manolo el del hacha. Ni de Lasaosa, medio gol ya. Ni de los regates imposibles de Lolín y de Chalo. Ni de las faltas que tiraba Víctor (¡Qué tarde le llegó la Primera División!). Ni de Paco, por ahí ya no pasan. Ni de Aguirreoa sacando hacia el cielo de Santa Cruz de Tenerife que ya la baja Rommel Fernández (“Mi islita”, decía el panameño, que se venía a ver el partido con nosotros a General cuando estaba lesionado).

Porque este es el equipo de David. El que movía Guina. El mismo por el que lloró de alergría Benito Joanet. El del 4-0 al Betis, que su portero era campeón del mundo. El del gol de Eduardo Ramos en Riazor. El equipo al que convenció Jorge Valdano para jugársela y al que enseño Jupp Heynckes a jugar. Aquí (me pongo de pide) la tocó Fernando Redondo y la centró Sebastián Cruzado Chano. Porque mi equipo, el que ahora necesita a su afición, destrozó a la Lazio de Nesta y Nedved en el mejor partido de la historia del Heliodoro Rodríguez López. Nuestro equipo. El de Toño, pero también el de Manolo el de Arucas, Alexis, ahora Pablo…. El de tantas y tantas mañanas, tardes y noches de entretenimiento y disfrute, que el fútbol no es otra cosa ni debe serlo.

Salvo cuando llegan partidos como el del Oviedo.

Allí estaré. En el Heliodoro.

Porque Paco Zuppo ya no puede estar y le debo, como todos los birrias, otro riqui raca. Sin temor a la meta final.