EL ENSAYO >

Somos girasoles > Tomas Gandía

Nadie hay que se goce en el infortunio propio, aunque abunden quienes se deleitan en el ajeno. A la salud, el bienestar y la felicidad aspira todo ser humano. Anhelamos salir de las tinieblas a la luz, de la tribulación al sosiego, de lo tormentoso a lo apacible, de la discordia a la armonía.

Nos sentimos atraídos por instinto hacia las personas de placentero ánimo, siempre serviciales, afectivas y amables. Al tratarlas y mirarlas parece como si se recibiera renovada inspiración, y se despertara la confianza en la naturaleza humana. Nos volvemos hacia ellas como el girasol al astro del día, y de ordinario rehuimos la presencia de los semblantes adustos donde parece que se está forjando una tempestad.

El pensamiento es el árbitro de la vida interna, y la experiencia bien aprovechada es la más segura guía del intelecto. Nosotros mismos formamos el mundo en que vivimos, y modelamos el ambiente. Algunos viven en mazmorras abiertas por sus propias manos. Otros se rodean de ilusiones hasta que pierden completamente de vista la verdad. También están los pesimistas que representan el estorbo y tropiezo de la evolución humana, y que con sus negativas fuerzas acrecientan la resistencia que es preciso vencer con mayor intensidad de potencia. Los optimistas, en cambio, los que ven el mundo con toda su esplendorosa belleza, sus promesas y esperanzas de perfeccionamiento, han sido auxiliares del progreso y evolución humana, las positivas fuerzas que desde la primitiva barbarie realzaron nuestra existencia hasta su condición presente. Aquellos hombres y mujeres de temperamento, que infunden serenidad e ilusión, contribuyen a aliviar las cargas que sobre el mundo descargan quienes con tétrico rostro y voz semejante a graznido de corneja nos exhortan a prepararnos para la vida en otro universo y galaxia sin tener jamás ni una sonrisa para el presente y el planeta Tierra donde habitamos.

Si el pensamiento se sujeta a las leyes morales de la vida, percibiremos el mundo externo desfigurado por la ilusión, como las grotescas y contrahechas imágenes que reproducen los espejos cuya cóncava o convexa superficie tuerce los rayos de luz. Pero el mundo exterior también abarca, además de las cosas, las personas con quienes nos relacionamos, y que por ser de nuestra misma naturaleza reaccionan sobre nosotros más rápida e intensamente que las cosas.