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Traslado e(d/t)ílicos > Luis Alemany

El traslado de área municipal, que el lagunero alcalde Clavijo ha llevado a cabo con respecto a las responsabilidades públicas de su concejala Blanca Pérez, para poder seguir manteniéndola en su equipo -tras su escandaloso accidente de tráfico- no puede por menos de recordarle a uno (salvando todas las distancias que se puedan salvar) las sanciones que -cuando gobernaba (?) en España el Invicto Caudillo- solían llevar a cabo las jerarquías policiales, militares y religiosas cada vez que se producía la grave prevaricación (criminal, autoritaria o sexual: respectivamente) de alguno de sus miembros: destinarlo a quinientos kilómetros de distancia del lugar en que se había cometido el delito, añadiendo -por lo común -el ascenso del delincuente en el escalafón.

Vaya por delante que siempre ha sentido uno proverbial simpatía por los transgresores, que suelen pertenecer -casi inequívocamente- a la estirpe de los perdedores: dos categorías con las que siempre me he sentido visceralmente identificado; de tal manera que la etílica, motorizada e incívica transgresión de Blanca Pérez (la gravedad exacta de cuyas circunstancias específicas desconozco) no puede uno por menos de contemplarla desde el libre, alegre y lúdico ejercicio de la libertad individual de alguien que -en aquel momento- no es un personaje público: a no ser -claro está- que trate de mezclar (para defenderse panza arriba: con todas las de perder) el culo de su representatividad política con las témporas de su individualidad, respondiéndole a la autoridad admonitoria: “¡No sabe usted con quien está hablando!”), porque entonces corre el riesgo de quedarse desnudo moralmente en mitad de la calle, como otros se quedaron en pijama en mitad de unos grandes almacenes londinenses: tal vez el problema consista en la hipocresía social que pretende exigirle a los políticos ejercer como tales veinticuatro horas al día, algo a lo que Jerónimo Saavedra -uno lo considera encomiable- se negó siempre.

Tal vez se le ocurriría a uno plantearse algunas reflexiones acerca de este traslado de competencias municipales de la concejala lagunera recuperada para esa administración, que pasa de ocupar el área de bienestar social para encargarse de la de presidencia; de tal manera que pudiera resultar comprensible el abandono de aquélla, puesto que la ebriedad (aunque el poeta dijo que es un don) conduce al malestar social de quien la sufre y de quien la soporta; aunque no deja uno de sentir alarma de que ahora vaya a ocuparse de la presidencia alguien que conduce en dirección contraria.