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Yuri Gagarin > Luis Ortega

Por razones obvias, la prensa y las emisoras españolas no dieron a la efeméride la importancia merecida y Televisión Española, con cinco años de existencia, se limitó a ofrecer unas breves imágenes servidas por los canales de Estados Unidos que, en plena Guerra Fría, no aceptó de buen grado la ventaja soviética en la carrera espacial, representada por el primer vuelo tripulado y el primer astronauta de la historia. En La Cosmológica, donde se recibían, además de los canarios, tres periódicos de Madrid, con un par de días de retraso, nos enteramos del nombre de aquel pionero -Yuri Gagarin (1934-1968)- al que apenas si se daba importancia en el ambiente triste y recalcitrante en el que nos movíamos. Para empezar, el maestro negó la aventura y la tildó de “propaganda comunista” y, días después, en el diario local, alguien escribió que, “en vez de viajar a las estrellas deberíamos conocer nuestro planeta”. Graduado en la Escuela Técnica y piloto por la Academia Militar de Oremburgo, alcanzó el grado de teniente y, en enero de 1961, fue elegido para tripular la nave espacial Vostok 1, lanzada el 12 de abril de 1961 -ayer se cumplieron cincuenta y un años- que lo llevó a distancias comprendidas entre los ciento ochenta y los trescientos treinta kilómetros de la superficie terrestre. Gagarin viajó en una cápsula esférica, de dos metros de diámetro, sobre la que no tenía apenas control. Con una velocidad de veintiocho mil kilómetros por hora, la aventura duró noventa minutos en los que casi completó dos vueltas al planeta. La misión acabó con éxito, con aterrizaje en suelo soviético. El primer cosmonauta murió muy joven -treinta y cuatro años-, considerado como un héroe nacional y con el sueño pendiente de volver a contemplar nuestro pequeño mundo desde el exterior. De un tour vacacional por la entonces poderosa URSS, entre los souvenires encargados y los propios, mezclados con las matrioskas, huevos decorados e iconos modernos, realizados con las técnicas tradicionales, me traje un póster del sonriente militar y una estatuilla de resina que -comparada hoy con los personajes de la Guerra de las Galaxias, con los que jugaron mis hijos- resulta una ingenua antigualla. En un canal temático seguí en días pasados un documental sobre la utópica conquista del espacio, la pérdida de objetivos e inversiones por parte de las superpotencias y el absoluto desinterés de los ciudadanos, agobiados por otros problemas e ilusionados con metas más tangibles.