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Adiós, César (don César) > Juan Galarza Hernández

Cuando César Fernández-Trujillo narraba en el estadio los partidos del Tenerife, desde un foso a ras de suelo donde tenía que ponerle mucha imaginación para descifrar qué sucedía en cada esquina del campo, su hijo César José y yo jugábamos en la grada de Tribuna a ser cronistas. Tratábamos de imitar al maestro consumado. Apenas teníamos siete años de edad y ya queríamos ser periodistas, entonces para contar las vicisitudes de un equipo de Tercera. Un conjunto al que don César, al que conocía así porque era el jefe de mi padre en Publicidad Diana -igual que viejo amigo de la juventud-, seguía allá donde jugara, pongamos por caso que en Ejea de los Caballeros, o en Tudela, o en Miranda de Ebro. ¡Cuántas localidades de provincia descubrimos a través de sus transmisiones para Radio Popular! Nadie mejor que él para situar al oyente en el escenario, igual que en el desarrollo de los partidos. Porque, como bien ha escrito Domingo Álvarez, cada encuentro con César (don César) era un “recital radiofónico”. Consumado intérprete de la escuela clásica, seguramente la del viejo Matías Prats, nadie ha logrado superarle en ese arte al servicio de la magia radiofónica. A miles de kilómetros de distancia, con él veíamos el fútbol con los ojos cerrados.
Pasado ese tiempo, una vez dejó la publicidad y se dedicó por entero al periodismo, volvimos a encontrarnos, en un bisemanario de existencia fugaz, el 7 Islas, donde ya se nos dejaba emborronar algunas crónicas y la cercanía con el maestro ayudaba a ganar confianza.

Con el transcurrir de los años, metido de lleno en la profesión, pasamos a coincidir más frecuentemente: en ruedas de prensa y otros actos informativos, en el Carnaval y los jurados del Premio Criticón. Igual que en reuniones de la junta directiva de la Asociación de la Prensa, con Jorge Bethencourt de presidente. O en la gestión de entrevistas para la radio, desde el otro lado de la trinchera, en el gabinete del Cabildo. Cualquier llamada suya, con la sencillez que le caracterizaba, llevaba implícita una pregunta: ¿Qué tal está tu padre? Bien, César (don César), solía responderle. Sin embargo, de producirse hoy ese telefonazo, no tendría más remedio que confesarle que se ha quedado triste -muy triste- con la marcha de su viejo camarada. Igual que nos sucede a todos los de la profesión, los contemporáneos y los más jóvenes. Se nos fue el amigo y el maestro.

*Presidente de la Asociación de la Prensa de Tenerife