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Buscando significado en la crisis > Randolph Revoredo Chocano

Mi entender es que un interesante libro de Niall Ferguson hace el esfuerzo. En unos de sus capítulos trata el tema. Hasta los años veinte el mercado inmobiliario estaba alejado del gran público. Era eso: un espectador, al serle imposible adquirir una hipoteca a devolver en tres años. La administración consideró de interés estratégico que la mayoría de los americanos pudiesen adquirir una vivienda. Una sociedad como esa sin la democratización de la propiedad no tiene mucha proyección, especialmente en tiempos ideológicamente agitados como los de entonces. Creó una agencia que ofrecía garantía (aval) a la banca en la venta de hipotecas, respondiendo ante impagos, con la condición que los deudores puedan pagar a quince y veinticinco años de plazo, resultando una cuota mensual asequible al sueldo de un trabajador medio. Más tarde se creó otra para crear “competencia”; hoy se les conoce como Freddie Mac y Fannie Mae.

Ferguson identifica el inicio de una época en la que hubo una explosión de actividad inmobiliaria y el país americano se urbanizó. Se transformó. La hipoteca pasó a formar parte medular del modo de vida americano, no solo por el acceso a la tenencia del inmueble sino por un nuevo estilo de vida basado en el crédito. Como nada es perfecto y simplificando algunos pasajes del libro The Ascent of Money (El Triunfo del Dinero, Editorial Debate 2009) en los ochenta quedó en evidencia que tal política social excluía a aquellos que no podían permitirse pagar una mensualidad por falta de medios. Para ello se comenzó a crear las condiciones para tender ese puente; desde la administración se quiso que Fannie y Freddie garantizara a los bancos cobertura a hipotecas de mayor riesgo.

Otra explosión de actividad crediticia comenzó, esta vez dirigida a los segmentos más desfavorecidos. Las agencias federales emitían directivas que presionaban a los bancos incluso para no exigir demasiada documentación y facilitar la compra de viviendas utilizando hipotecas llamadas subprime.

En los años noventa comenzó a hacerse evidente lo obvio: demasiado riesgo en manos de los bancos de crédito hipotecario (S&L, se llamaban); siendo esto una oportunidad para bancos de inversión, compraron esas hipotecas subprime a veinte céntimos el euro, las empaquetaron con otras más sólidas, crearon un producto financiero, consiguieron obtener una calificación crediticia favorable y pusieron millones de participaciones de deuda “garantizada” en manos de canales comerciales que colocaban sus productos en todas partes del mundo y a toda clases de clientes: fondos de inversión, de pensiones públicos y privados, e inversores con recursos.

En 1997 el precio de la vivienda en Estados Unidos comenzó a caer, poniendo en jaque la garantía de la deuda de alto riesgo. Como el inversor promedio tenía muchas probabilidades de poseer participaciones en productos estructurados y todo el mundo quería quitarse de encima el muerto se produjo una rápida desaparición de liquidez: llegó un momento en que no había mercado porque solo existían vendedores, cero compradores.

El libro da sentido a los problemas de aquél momento, porque como los bancos deben reflejar sus resultados trimestralmente y nadie tenía idea de cuánto valían los estructurados que poseían y cuánto estaban perdiendo conforme caía el precio de la vivienda, nadie sabía cuánto valía una acción de un banco; se perdió la confianza y se comenzó a generalizar: “¿no estará esta empresa en la que he invertido también con problemas?” “¿Cómo estará mi cliente al que le he financiado tal compra?” “¿Me podrá pagar?” Arrancó el Gran Pánico de septiembre 2008 en las bolsas -hace dos años- que puso al borde del colapso al sistema financiero mundial. El libro, escrito en Mayo del 2008, resulta muy oportuno.

Lo que pasó ya se sabe: la administración actuó como comprador de estructurados y creó un mercado con vida artificial, llegando a inyectar fondos incluso en los Money Markets, porque la gente llegó a retirar hasta el dinero de sus plazos fijos y cuenta remuneradas. Lo ha hecho y lo hace utilizando deuda e imprimiendo muchos billetes. Hoy en día tenemos un mercado donde la liquidez -fondos privados- ha retornado a medias siendo todavía imprescindible la presencia del gran comprador, la Reserva Federal entre otros y sus equivalentes en Europa para mantener las cosas funcionando.

Por eso es tan importante el precio de la vivienda como un indicador de la salud económica del sistema financiero americano y su economía entera. Por eso el precio de la onza de oro toca precios elevados, esta vez por miedo a la aparición del espectro de la inflación, consecuencia lógica de incrementar déficits, devaluar el dólar.

Una bala no es una trayectoria parabólica, no es solo una reacción química súbita: es un magnicidio, el fin de las negociaciones, una situación insostenible, un acto de liberación. No vivimos en un mundo de hoy, de titulares y noticia, no de apariencias fugaces sino de ayeres acumulados y de posibilidades laberínticas.

El deseo de que los americanos fuesen dueños de sus hogares en un mundo en el que tenía sentido reforzar la conciencia de la propiedad privada e incluir a los más desfavorecidos, deja fuera de lugar otras interpretaciones superficiales de la crisis subprime; Fannie y Freddie están tocadas, su misión social empantanada.

La explosión crediticia inaugurada hace ochenta años, concluye estos días. Con consecuencias históricas imprevisibles.

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