DOMINGO CRISTIANO >

Dios es ese que te ignora > Carmelo J. Pérez Hernández

El diálogo es de una película de ciencia ficción. “¿Quién es Dios?”, pregunta uno de los personajes. La respuesta: “¿Te acuerdas de cuando deseas con todas tus fuerzas que pase algo? Pues Dios es ese que te ignora”.

Aparentemente, la liturgia de hoy pareciera apoyar a tales descreídos, porque celebra la Ascensión del Señor al cielo. Después de levantarse de entre los muertos, Jesús desaparece de la vista de sus amigos, elevado a ese lugar de donde proviene, donde vive el Padre. Para muchos, esta poderosa imagen simbólica es sinónimo de pérdida, de ausencia, de desentendimiento. ¿Se ha ido Jesús y aquí nos ha dejado, enredados en nuestros dolores mientras nos contempla desde una lejanía que le impide palpitar a nuestro ritmo?

¿Dónde estabas cuando tus hijos se pudrían en Auschwitz? ¿Dónde, cuando el inocente sufre, cuando el niño muere, cuando los pobres son apisonados por la Historia y por los ricos? Estarás haciendo cosas de dioses, jugando en tu Olimpo particular, sin tiempo ni ganas para estos dramas, piensan no pocos, con una tristeza que desgarra la vida.

La clave para no jugar a equivocarnos, cargándolo todo sobre las espaldas del que sabemos que no romperá el cielo para defenderse, está en la lectura de los Hechos de los Apóstoles de hoy. De un lado, Jesús aconseja a los suyos que no se alejen de Jerusalén, de la ciudad santa, donde se respira la presencia de Dios. Y esa es la clave. Permanecer, buscar su rostro, aprender a silenciar las mil historias de cada día que nos apartan de nosotros mismos. Y descansar en Dios.

Hay un mínimo de silencio y oración que son imprescindibles para percibir los gritos de nuestro yo mismo que anhela reencontrarse consigo mismo. Desde dentro grita Dios tratando de abrirse paso entre unas entrañas que hemos barnizado de autosuficiencia y superficialidad. Dudamos de que esté aquí, porque dudamos de nosotros mismos.

Y también es necesario, y es la segunda clave, dejar de mirar al cielo. “¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”, le increpan dos hombres vestidos de blanco a los apóstoles que ven perderse en lo alto la imagen de su Señor.

En ocasiones siento vergüenza por la ligereza con que los hombres y mujeres de fe respondemos a las inquietudes de quienes viven junto a nosotros. Me siento avergonzado a veces por la facilidad con que despachamos el dolor ajeno y las ansias de felicidad de otros con recetas pseudo espirituales de manual. Nos delatan nuestros ojos, nos delata el tono de nuestra voz, nos delata nuestra apatía: no nos creemos semejantes estupideces.

Dejar de mirar al cielo es pisar fuerte en esta tierra, que es el lugar elegido por Dios para encontrarse con nosotros. Esta amada madre tierra, tan hermosa, tan preñada de historias que revelan la presencia de nuestro Señor… y tan repleta de mierda.

Es aquí donde nos hacemos creyentes de verdad, donde amasamos nuestra experiencia con lo que nos han contado de la vida y de la fe. Aquí aprendemos a echarle de menos sintiéndole cerca, porque sabemos que el abrazo definitivo aún tiene que esperar. El que nos ignora, sí. No me extraña que muchos lo piensen al vernos. Es un hermoso reto reconducir nuestros pasos para que anuncien a Dios de forma creíble.

@karmelojph