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Dudas sobre el destino > Francisco Pomares

Lo siento por ellos, pero he de reconocer que a mí no me parece mal que el Gobierno haya decidido atribuirse a partir de ahora la potestad de cambiar de destino a médicos y docentes, y mandarlos del tingo al tango y viceversa, en función de las necesidades de servicio. Pero que alguien me explique cómo eso va a servir para reducir el coste de la Administración, como se dice y pretende. Cambiar a los funcionarios de destino puede ser muy útil (o un dislate, según se haga), pero es una medida que por sí sola no resuelve ninguno de los actuales problemas económicos. Si el consejero de turno coge al funcionario Mengano y lo pone donde estaba Zutano, y a Zutano lo pasa al sitio de Mengano, Zutano y Mengano van a seguir cobrando lo mismo que antes, y además habrá que darles algún día para la mudanza. Y si no es así, si van a cobrar menos por cambiar de destino, que lo aclaren.

Ante la imposibilidad de resolver la crisis, los Gobiernos parecen estar especializándose en proponer medidas compulsivas, para dar la sensación de que hacen algo, de que se toman esto en serio. “Mejor moverse que estar quietos”, parece ser la consigna. Pero las cosas no se solucionan con ruido y agitación, sino con medidas que realmente sirvan para algo. Supongo que alguien en la Administración debe saberlo, y que el problema es que aquí nadie habla de las medidas traumáticas que realmente hay que adoptar, aunque se van aplicando a la zorruna, mientras se siguen haciendo declaraciones en las que se niega la mayor para despistar. Si alguien tuviera la paciencia de recopilar las veces que Javier González Ortiz nos ha dicho que no se va a subir los impuestos, no se van a tocar los servicios esenciales, no se va a despedir a ningún funcionario, podríamos construir una pira de papel del tamaño de las pirámides de Güímar. Y conste que no estoy proponiendo usarla luego para quemar a nadie. Seamos civilizados. Aunque estemos enfadados.

Porque mientras nos tupen a declaraciones, a los ciudadanos, lo que nos toca es pagar más impuestos, recibir menos servicios a cambio y cobrar menos salario. Entre pitos y flautas, la crisis ya ha reducido el poder adquisitivo de la mayoría entre un veinte y un veinticinco por ciento. Ahora, cuando las Administraciones han recortado ya todo lo recortable -menos los privilegios de oro macizo de algunos- empiezan a tocar tímidamente el empleo público. Lo niegan, pero lo hacen. No se contrata a nadie, y se despide más de lo que se dice. Los sindicatos cifran en más de 4.000 los puestos de trabajo perdidos o no renovados desde que empezó la crisis. Y esto va a seguir, aunque no se diga. Por eso, mucho me temo que lo del cambio de destino acabe siendo otro eufemismo: y no porque no vayan a producirse cambios, sino porque el destino sea la calle.