... y no es broma > Conrado Flores

El helado > Conrado Flores

Bajo el sol justiciero de hace unos días, a eso de las seis de la tarde, caminaba yo por la calle Simón Bolívar en busca de un helado. No sé si eran 40 grados pero parecían 50. El helado me lo pedía el cuerpo como los recién nacidos piden leche, como el pueblo hebreo pedía alimento a Moisés durante su travesía por el desierto del Sinaí. Y mi cuerpo rara vez se equivoca. En innumerables ocasiones y a distintas horas del día, me ha pedido desde chocolate hasta chorizo de perro. Siempre he creído que mi organismo, en ese extraño lenguaje en el que hablan los organismos, se dirige a mí porque necesita algo para sus procesos internos. Papas fritas, mejillones en escabeche, aceitunas negras, proteínas, grasas, vitaminas… Mi cuerpo es sabio, por eso casi nunca le llevo la contraria. Y aquella tarde, para sus procesos internos, me pedía un helado. Un corneto de chocolate, para ser más exactos. Entré en el Hiperdino pero su oferta no me satisfizo. Otros organismos de la Cruz del Señor se me habían adelantado y ya sólo quedaban tartas heladas y polos. Pensé que aquello iba a ser más fácil pero advertí, mientras el sudor corría por mis mejillas, mi falta de originalidad. Del mismo modo, la dueña de una pequeña dulcería que hay poco más abajo me confirmó que no le quedaban helados. La gente había arrasado. Sólo quedaban dos tristes mulatos al fondo de su nevera. Estuve por abandonar y coger uno pero yo no me rindo tan fácilmente. Después entré en un conocido bar de bocadillos regentado por una pareja de orientales. Con poca fe al no ver una nevera por ninguna parte, le pregunté al señor si tenía helados. No -me respondió- pero tengo batidos. No era lo que estaba buscando pero era una alternativa tentadora. Eso es lo que los economistas llaman “creación de la demanda”. Los chinos vienen empujando con fuerza.Me fui de allí sin mirar atrás. Era consciente de que si dejaba pasar cinco minutos más podría llegar a matar por aquel batido. En la siguiente esquina se encuentra una dulcería. Me acerqué a la nevera de los helados cegado por el deseo hasta que la dueña, en un arranque de simpatía, me gritó que no tocara la nevera. No la culpo. Estaba claro que llegado a aquel punto ya debía tener apariencia de maleante. Como no había cornetos de chocolate me llevé uno de vainilla-turrón.

Sobra decir que me lo comí en un tiempo récord mientras tomaba de nuevo la calle en dirección contraria. Poco más arriba me compré un batido. Los chinos vienen empujando con fuerza.