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El poder del pueblo > Jorge Bethencourt

El pueblo es soberano y de él emanan todos los poderes. De ahí que todo el mundo se arrogue la representación del pueblo, la razón del pueblo o la capacidad de interpretar la voluntad del pueblo. Y es una relación inversamente proporcional a la verdadera representación popular. Son las minorías las que más apelan a su papel como intérprete de la opinión soberana de los ciudadanos.

Y los brillantes oradores de partidos con una respetable pero escuálida representación electoral, suelen llenarse la boca con la voz del pueblo para advertir a los grandes poderes que se están apartando del buen camino.

El pueblo no es, desde luego, la gente que protesta en las calles. Esa gente es parte del pueblo, a veces una parte importante, pero no todo el pueblo. La mayor parte del pueblo está en su casa viendo el fútbol o discutiendo con la familia cómo pagar la hipoteca. O está en su coche, acordándose de las madres de los que le han cortado la calle camino del trabajo. O está en el trabajo, rezando para que no le toque a él la próxima tanda de despidos. En realidad el pueblo es una abstracción.

Todo para el pueblo pero sin el pueblo. Los gobiernos, los partidos, los sindicatos, las patronales, los manifestantes… todas esas partes que dicen representar la voluntad del todo soberano solo son una fracción que ambiciona (o se atribuye) la representación total. El pueblo es una excusa raíz. Los creyentes, para imponer leyes morales, se inventaron a dios. La acción política, para legitimar el poder, la ley o la violencia, creó al pueblo.

El pueblo no existe. Existe el ciudadano. Y la sociedad es sólo su suma. Aunque no exista para los poderes públicos. Los derechos individuales se esfuman cuando se enfrentan al interés general del pueblo. El pueblo se invoca por los gestores del poder para demoler los derechos de un ciudadano, que es la unidad de medida del pueblo. Por eso se hacen leyes que te desposeen de tu casa, que te obligan a llevar un casco o te prohíben expresar ciertas ideas. Por el interés general. Por el pueblo. En el nombre de ese pueblo, expropiado por gobiernos, partidos o grupos organizados. Pero no hay más pueblo que tú. Ni más país que tu cerebro. No te dejes expropiar la libertad de mandarlos a todos a freír puñetas con tu propia voz. Sin representar a nadie más que al estado soberano de tí mismo.

Twitter@JLBethencourt