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El votante de Rajoy > Luis Alemany

Por fin he conseguido encontrar a un señor que el veinte de noviembre del año pasado votó a Mariano Rajoy: al menos eso confesó, e imagino que no mentía, ya que parecía todo un caballero; porque -de resto- ninguno de mis familiares, amigos, conocidos, allegados, camareros o clientes de los bares a los que acudo habitual o esporádicamente lo había votado, a pesar de lo cual obtuvo una mayoría absolutísima: un intrincado misterio (como el de la Santísima Trinidad, la maternidad virginal de María, o la democracia orgánica dictatorial del Invicto Caudillo) que parece contradecir las más elementales normas estadísticas.

Posiblemente en esto de los votos existan profundos enigmas-tal vez insondables-, de muy difícil comprensión, que amenazan con desafiar seriamente a Pitágoras; de tal manera que, en una ocasión, el presidente de uno de esos entrañables partidos testimoniales (la totalidad de cuyos miembros suelen caber en un taxi) advirtió que en su colegio electoral sólo había obtenido un voto -el suyo, claro-, de donde se desprendía que ni su esposa ni sus hijos lo habían votado, lo cual (piensa uno, desde la fidelidad familiar) pudiera ser motivo más que suficiente de divorcio o de repudio paterno; de manera similar (aunque desde una perspectiva menos democrática) cuando el Invicto Caudillo convocó un referéndum -en el año 1965- para que los españoles lo refrendaran como dictador perpetuo (una grotesca payasada que se llamaba Ley Orgánica del Estado) el escrutinio -más bien escrotinio, es decir: pasarse las urnas por los testículos- de mi colegio electoral arrojó un cien por cien de votos afirmativos, a pesar de que yo había votado que no; aunque también es verdad que plantear una votación en una dictadura (como aquélla: o como cualquier otra) resulta una situación lindante con el Surrealismo.

Cuando uno vivía en Francia se suscitó, en una ocasión, un amistoso cotejo internacional (franceses, italianos, paraguayos, brasileños…) acerca del nombre que recibía, en cada uno de sus respectivos países, la cabina electoral; hasta que me preguntaron a mí, y no tuve más remedio que responder que en España no se llamaba de ninguna manera, porque -por motivos obvios- no existía tal cubículo; ya que de todos es sabido que la función crea el órgano: no es éste (por democrática fortuna) el caso de Rajoy, que gobierna (para bien o para mal: hay criterios) a partir de las multitudinarias urnas, aunque a pesar de que nadie parezca tener noticia de quién lo ha votado: uno -por fortuna- posee el honor de haber conocido a ese paradigmático Votante.