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Entre pitos y flautas > Jorge Bethencourt

Al final hubo pitada. Una pitada que es un homenaje a la incoherencia, a la comedia del absurdo en que se ha convertido la crónica cotidiana de España. Porque, vamos a ver: es la final de la Copa del Rey. Con el príncipe Felipe en el palco de autoridades. Y allí, en las gradas, miles y miles de personas expresan su protesta con chillidos y pitos en contra de los símbolos del Estado español. Pero abajo, en el terreno de juego, los veintidós tipos que idolatran, sus gladiadores, con los colores patrióticos, están, en posición de respeto, escuchando el himno del Estado español. Y arriba, en el palco de autoridades, sus presidentes autonómicos, sus autoridades locales, comparten canapés, silla preferente y compañía con las odiosas autoridades españolas.

¿Cabe más cinismo? Nos vamos a Madrid, el corazón del centralismo, para pitar el himno español, expresar rechazo a la Monarquía y oponer al decadente nacionalismo español el pujante nacionalismo catalán y vasco. Coño, no vayas. Y menos a la Copa del Rey.

Pero es que esto es lo que hay. Una política de muecas, más que de gestos. Una crisis terrible que no impide que nos vayamos de tapas y cervezas a Madrid y después al partido de fútbol. Que no impide adorar casi en términos religiosos a veintidós jóvenes multimillonarios y detestar al empresario con éxito de la tienda de la esquina.

Los políticos lo saben. Por eso mientras las marionetas se mueven en el guiñol del Calderón, en las manifestaciones de las calles, en las columnas de opinión, en todos los rincones de este país cabreado, ellos se mueven entre bambalinas intercambiando inteligentes reflexiones entre el jamón de jabugo y las tostadas de paté. No pasa nada. Mientras la esperanza agoniza entre hipotecas y desahucios, entre despidos y cierres de empresas, entre las mentiras de una banca pública podrida y una banca doblemente privada, esta pandilla de profesionales de la incompetencia siguen representando la comedia formal de la dignidad de los poderes públicos. Por eso respetan el himno. Como los jugadores. Porque cobran. Es parte del negocio. La música de la caja registradora.

La gente pita. Luego el opio del gol, el teatro del olvido. El árbitro toca el pito. Y los del palco nos tocan los pitos a cuarenta y pico millones de fieras ovejas que hacen temblar los cimientos de nada con el pavoroso trueno de sus balidos de queja.

Twitter@JLBethencourt