nombre y apellido >

Frank Sinatra > Luis Ortega

Desde 1943, trabajó en más de cincuenta películas y ocasionales intervenciones en televisión (dramáticos y documentales) como un actor intuitivo, natural ante las cámaras y exigente de independencia con los directores más reputados e incordios -George Sydney, Vincent Minelli, Fred Zinnemann, Otto Preminger, Stanley Kramer, Mankiewicz, Frank Capra, John Huston y Richard Whorf, que lo tuve como fetiche- que aprovecharon al máximo su versatilidad e intensidad expresiva y dejaron varias cintas memorables. De aquí a la eternidad obtuvo, en 1953, el Oscar al mejor actor de reparto; dos años después fue nominado, sin suerte, en la modalidad de protagonistas por No serás un extraño. Sin embargo, su carrera cinematográfica fue una adenda ilustre de su reconocimiento como cantante. En ese campo, además de su genio y sensibilidad sin cuestión, de su tono grato y su limpio fraseo, su secreto mejor guardado fue que le dio igual importancia al compositor -entre otros, Cole Porter, Sammy Cahn, Jimmy Van Heusen o George Gershwin, las cumbres de la música popular de Estados Unidos- como a los ingenieros de sonido, artífices y cómplices de su éxito. Fue el primer solista que exigió el uso de la amplificación consciente del sonido, para colocar su voz por encima de la orquesta, para acercarla, nítida y cálida, a la intimidad de cada oyente y a la totalidad del público. Entre 1039 y 1994, grabó más de mil quinientas canciones y obtuvo diez Grammmys, traspasó todas las fronteras y los temas que produjo con Capitol -mediado el siglo XX- incluyeron algunos de los temas más famosos y vendidos de la historia. Su proyección exterior y su cercanía y colaboración con el Partido Republicano y los presidentes de esta ideología le valieron la Medalla de la Libertad otorgada por el gobierno estadounidense. Con una personalísima fusión entre el jazz y el pop, que se imponía a través de la radio, con su una tesitura de barítono, su sabiduría en el control de la respiración Francis Albert Sinatra (1915-1998), bebió de las mejores fuentes -Bing Crosby, Fred Astaire y hasta el mismo Louis Armstrong- y transformó cada una de sus canciones en una grata extensión de una conversación de amigos o amantes, con desenfados y gravedades, con confidencias y énfasis apasionados, manifestados por alguien conocido mundialmente por La Voz. Su cine está en los museos y en los fastos del coloso americano; su música, acaso porque nadie la superó en calidad expresiva, en el inconsciente colectivos de todos cuantos le oímos una vez y, a los catorce años de su muerte, reincidimos en escucharle.