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Todo el mundo da por hecho que con el triunfo de François Hollande la UE va a ser otra, con más Europa y menos Alemania. Y que se verán rebajadas las exigencias sobre austeridad y disciplina presupuestaria -el llamado pacto fiscal que firmaron 25 países-, estimulado el crecimiento económico y alargado un tiempo la rebaja del déficit público hasta el 3%. Parece un tanto aventurado aparcar la doctrina Merkel, según la cual el pago de la deuda es lo primero, y por tanto no son rebajables la continuidad de la austeridad y la reducción del déficit. Otra cosa es que, como se viene insinuando desde hace unas fechas desde instancias comunitarias y alemanas, se revise la actuación del BEI y se procure la reactivación del crecimiento económico mediante el estímulo de la demanda y el fomento de las obras de infraestructura, con la consiguiente creación de empleo. Francia tiene serias obligaciones con el pago de su enorme deuda pública y la reducción del tamaño del Estado: El propio presidente electo, que adquirió graves compromisos en campaña electoral, probablemente no va a poder cumplir parte de ellos porque no gustan a eso que llamamos mercados -a los que Hollande considera enemigos- y que en realidad son los inversores y acreedores o prestamistas. Por ejemplo, adelantar la edad de jubilación a los 60 años, subir al 15% el impuesto sobre beneficios, imponer la tasa sobre transacciones financieras, crear un nuevo impuesto de sociedades o reducir al 50% en 10 años la cuota nuclear en un país con 58 centrales de este tipo y gran exportador de electricidad. Otras medidas, como el gravamen del 75% a quienes ganen más de un millón de euros y del 45% para los que sobrepasen los 150.000, pueden provocar la huida de capitales o el traslado de domicilios a Londres, donde ya residen más de 300.000 franceses. Con todo, habrá que esperar a las elecciones legislativas de junio para ver si los socialistas ganan la Asamblea Nacional y logran, como se espera, pactar con fuerzas del centro y la izquierda para alcanzar una mayoría estable. La derecha, por su división y falta de liderazgo tras la espantada de Sarkozy, puede que quede muy tocada, pero puede que no… si logra la unión de los grupos hoy dispersos que en modo alguno aceptaban la dirección del hasta ahora presidente. Tan es así que, aparte los méritos del socialdemócrata moderado Hollande -un personaje asimilable a Felipe González pero sin el carisma de éste-, Sarkozy no fue votado por gentes de derechas por el rechazo que suscita su modo de hacer política. Para España puede que Hollande sea bueno, pero al país le conviene también atarse a Alemania como su socio más fiable.