...y no es broma>

Juegos callejeros>Conrado Flores

No hace mucho, un grupo de amigos discutíamos por qué los niños de hoy no juegan en la calle. Casi todos estábamos de acuerdo en que allí abajo se forjaban grandes lazos de amistad entre vecinos, se favorecía el ejercicio físico y las actividades en equipo, pero todos teníamos ideas dispares de por qué esta costumbre se ha perdido. Es fácil dar una opinión romántica sobre el asunto, pensar que todo tiempo pasado fue mejor y que vivimos en una sociedad decadente que ha perdido todos los valores. O podemos ser sinceros.

En primer lugar, teníamos solo un canal de televisión y con esa edad eso no es ninguna tontería. Hoy siempre dan algo guapo en la tele, en algún canal, a cualquier hora del día. Tampoco teníamos Internet, ni Tuenti, ni chat. La única manera que teníamos de relacionarnos era en persona y la revista Playboy de nuestro hermano mayor se acababa demasiado rápido. La red ofrece hoy una fuente inagotable de posibilidades en ambos terrenos. Además, no existían los teléfonos móviles. De hecho, cuando nuestra madre quería que volviéramos a casa, no nos mandaba un SMS sino que gritaba nuestro nombre repetidamente asomada al balcón. Sin complejos. Y le daba igual que te llamaras Miguel o Gaudencio.

Asimismo, la pedagogía moderna que sustituyó al bendito cachetón, trajo una nueva legión de madres sobreprotectoras, aterradas con que su hijo sea secuestrado, se caiga al suelo o se ensucie las manos. En cambio, nuestras madres se empezaban a preocupar si la sangre que nos brotaba a chorros por una brecha de la cabeza superaba el litro. Para el resto de incidencias bastaba un “sana, sana, culito de rana”. Yo mismo creo haberme curado un traumatismo craneal infantil con el culito de rana.

Y después está el tráfico. En mi barrio poníamos cuatro piedras de unos cinco kilos como porterías en medio de la calzada y jugábamos un pedazo de mundial de fútbol. Cuando aparecía algún coche, algo que ocurría cada 15 minutos, nos apartábamos y continuábamos con el partido.

Puede que los niños no hayan dejado de jugar en la calle sino que hayamos sido nosotros los que les hemos impedido hacerlo. Para que no se caigan, ni se ensucien, ni se mezclen con niños malos que le cortan el rabo a los lagartos.