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Justo, un sindicalista de los de antes> Salvador García Llanos

Las ediciones digitales golpean la mañana con una noticia triste: el fallecimiento del palmero Justo Fernández, el sindicalista comunicador o el sindicalista mediático. Justo, el polemista; Justo, el inconformista. Fue secretario general de la Federación de Banca de la Unión General de Trabajadores (UGT) entre 1973 y 1989. Hombre recio, de profundas convicciones, temperamental, vehemente y comprometido con los afanes sindicalistas que se esforzó en defender, incluso durante su jubilación. En su corpulencia física, había un humanista, una persona a la que gustaba escuchar y razonar.

Justo era analítico, un intérprete de la realidad a quien no gustaba la resignación. Por eso rechazaba todo lo que, social o políticamente, le sonara a trágala, a imposición. Él se rebelaba hasta parecer incontrolado en su discrepancia pero esa forma de ser era su personalidad, la que acreditó en tertulias y colaboraciones radiofónicas, contrastada también apariciones televisivas locales. Le llamaban y no sabía decir que no: eliminaba prejuicios y aportaba su experiencia, su visión progresista, su identificación con las causas nobles y su espíritu crítico. Combatía -en el mejor de los sentidos- desde las tribunas audiovisuales y desde la prensa escrita contra las injusticias. Le gustaba hablar de forma documentada, de ahí que a menudo exhibiera papeles y recortes periodísticos.

Justo fue de los sindicalistas por antonomasia y cuando las centrales o sus dirigentes recibían las primeras críticas ahí estaba para responder, sin perjuicio de reclamar una y otra vez un ejercicio de autocrítica que favoreciera el mantenimiento de la credibilidad y de la propia acción sindical.

Lo mejor de Justo era que cuando no le gustaba una cosa, lo decía, fuese quien fuese su protagonista. Para ello le valió su intervención en numerosas negociaciones, en convenios concertados a base de largas horas de resistencia y persuasión. Un luchador incansable tenía que ser consecuente. Y sin necesidad de dar lecciones de moralina, sabía moverse, atacar y defender. Por esa forma de ser, por esas convicciones de las que hacía gala sin estridencias, por ese calor en la defensa de sus argumentos, Justo Fernández era muy respetado en aquellos medios donde colaboró, algunos de los cuales de ámbito nacional. Allí supieron de su compromiso y aunque alguien intentara denigrarle, él supo mantener la compostura y seguir fiel a sus ideas.

En los malos tiempos que corren para el sindicalismo, la figura de Justo debe ser reconocida como la de un incansable y resistente luchador. Un sindicalista de los de antes. Su contribución es notoria. Y por ella será recordada. Descanse en paz.