el dardo>

La calle de todos> Leopoldo Fernández

La calle ha dejado de ser esa vía pública que separa edificios y exteriores y conecta caminos para convertirse en lo que el diccionario de la Real Academia denomina “público en general como conjunto no minoritario que opina, desea, reclama, etc.”. Y, en efecto, en estos tiempos de cabreo generalizado, la calle reúne a la gente, concita opiniones y consensos, aviva y agita la protesta y el enfado, une sentimientos y reacciones y, en suma, proclama que la sociedad está viva, sacude sus conciencias y se manifiesta como nunca. Supongo que este estado de ánimo en el fondo recoge el espíritu reivindicativo del movimiento de los indignados del 15-M -la spanish revolution, decían en el extranjero y en las redes sociales-, que hace ahora un año puso en un brete a políticos, sindicalistas y, en general, a todos los cargos electos con aquel utópico “no nos representan”, que era un golpe durísimo contra las entrañas mismas del sistema político.

Las movilizaciones de estos días, que se extienden por Canarias como un reguero de pólvora, se dirigen casi en exclusiva contra los recortes que afectan a la sanidad y la educación públicas. Son un grito pacífico contra la pasividad y la resignación, una expresión de lucha social que, tanto como la derogación de las medidas aprobadas por los gobiernos canario y central, reclama otros modos y maneras de hacer política, con más transparencias y mejores explicaciones. Seguro que la gente prefiere ser convencida con argumentos más que con imposiciones, con más y mejor información en lugar del ordeno y mando habitual. ¿Tanto cuesta explicar las cosas cuando la elección ha de producirse, inevitablemente, entre el sacrificio y el sufrimiento o la quiebra del país y la intervención exterior sobre nuestras vidas y haciendas colectivas?

Hemos vivido muy alegremente durante unos cuantos años de bonanza y no nos hemos preparado para el infierno de la crisis que ahora nos asfixia. Las medidas impopulares que se nos imponen son la solución menos mala, aunque algunos no lo quieran entender. En cualquier caso, las conciencias se agitan, el pulso social se eleva, el enojo y el malestar van en aumento, pero da la sensación de que nuestros políticos siguen sin querer explicarse, o lo hacen peor que mal. Y la calle no puede sustituir nunca, pero nunca, por mucho que sea el malestar colectivo y el grito de dolor, al compromiso de la política y los políticos en el ejercicio de la responsabilidad democrática que encarnan.

Solo faltaba que nuestros representantes se inhibieran o se escondieran en los momentos de dificultad, que, como dice el clásico, no son sino una oportunidad en traje de trabajo.