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La vía americana para el desarrollo canario (I) > Ángel Cuenca Sanabria

Nadie discute hoy objetivamente que el modelo de desarrollo impuesto tras la plena integración en la CE hace dos décadas, está más que agotado. La crisis financiera, cada vez más europea y menos global, estalló a finales del 2007 y no es culpable de la inviabilidad de aquél, aunque haya actuado como agravante.

Las causas deben buscarse en la aplicación del modelo proteccionista e intervencionista europeo que nos ha forzado a jugar un rol ultraperiferico dentro de un mundo globalizado, un modelo ya obsoleto cuando nos fue implantado, manifestado en el deterioro irreversible de la preferencia comunitaria, la desaparición de las franquicias canarias -aduaneras, administrativas y fiscales sobre el consumo- sustituidas por un disparatado franquestein económico-fiscal, y la imposibilidad de diseñar políticas de calado, agrarias e industriales, económicas, fiscales y financieras propias, desde y para Canarias.

Sin olvidar el retroceso irreversible del subsector construcción, por las necesarias exigencias de sostenibilidad que deben orientar nuestra industria exportadora turística, único sector que no retrocede pero que sigue padeciendo importantes fugas al exterior en su cadena de valor.

Tampoco cabe insistir en los síntomas estadísticos que delatan el fracaso del modelo actual, ante la contundente y desoladora realidad social que nos rodea. Sólo citar el reconocimiento institucional de la incapacidad del mismo para dar ocupación a la tercera parte de nuestra población activa. ¿Cabe mayor prueba de inutilidad?

Y la siguiente obligada pregunta sería: ¿hay posibilidad, en el actual marco que nos impone España y la Unión Europea, de implementar el modelo sostenible y equilibrado, social y sectorialmente, que proporcione el desarrollo y bienestar que Canarias demanda? Los fuertes vientos euro escépticos dominantes y la incapacidad de España -que bastante tiene con intentar salvarse a sí misma- para dar cobertura a nuestras necesidades, nos indican que va a ser que no.

Sin embargo, en nuestro espacio natural de influencia son otros los vientos que empiezan a soplar a nuestro favor, gracias al nuevo giro de la geopolítica mundial de los hidrocarburos y otras materias primas, que otorga importante protagonismo a la zona que abarca desde el noroeste de Marruecos al Golfo de Guinea.

Nuevas zonas de explotación destinadas a satisfacer la demanda principalmente de Europa y América, que abren la posibilidad de desarrollar verdaderas economías de plataforma en Canarias, gracias a nuestra privilegiada ubicación y oferta de servicios logísticos y de todo tipo, sin parangón en el occidente africano.

En este nuevo escenario, del Estado español sólo cabe esperar su actitud tradicional de aprovechar su dominio en la zona en su propio beneficio, tirándonos a nosotros las migajas. Basta observar su modus operandi en las recientes concesiones a Repsol: ninguneo absoluto de las instituciones canarias y arrogante imposición de hechos consumados.

Su coartada ahora es aprovechar un vacío jurídico coyuntural en la delimitación de los espacios marítimos -que se mantendrá hasta la resolución del contencioso del Sáhara Occidental-, para perpetrar a toda prisa la rapiña de unas riquezas que no le pertenecen, y que pueden ser nuestras desde que decidamos tomar posesión de las mismas, como Estado o Territorio con Plena Autonomía Interna. Hoy, como ayer, rancio colonialismo puro y duro. Y es que lo llevan en el adn, ayer el oro de los Incas y los fosfatos de Bucraa, hoy nuestros hidrocarburos y posición geoestratégica.

Por otra parte, la Unión Europea ofrece instrumentos interesantes para el co desarrollo en sus políticas de vecindad y gran vecindad hacia nuestros países vecinos, pero claramente insuficientes, sobre todo en el marco actual de integración, aunque algo más aprovechables en un marco de asociación.

En cualquier caso, a ambos -España y la UE- les queda por recorrer el largo via crucis de la recesión, siempre bajo la incertidumbre de no poder prever el escenario resultante, por las propias contradicciones entre el proceso de construcción europea y los intereses de los viejos Estados nación. La recuperación de EE.UU. indica cuán decisivo es ser espacio único real y no virtual.

La sensación de estar amarrados a un barco que se hunde -síndrome que podríamos bautizar como europánico- se extiende cada vez con más fuerza por el Viejo Continente y sobre ello debemos reflexionar también aquí en las Islas, atadas a la parte más sumergida del barco como son los llamados países PIGS -cerdos, en inglés- (Portugal, Irland, Greece and Spain), casualmente no pertenecientes al núcleo fundador de la CEE. Porque, aunque todavía se ignore con frecuencia, existe vida más allá del Mare Nostrum.

Frente a la inquietante deriva europea, Canarias se revaloriza de forma exponencial, siempre que seamos capaces convertir en realidad el tópico de nuestra tricontinentalidad, sobre todo, mirando de nuevo hacia esa América nuestra, que tanto contribuimos a desarrollar en el pasado y que tanto nos debe y le debemos.

En Estados Unidos, Canadá y los nuevos países emergentes latinoamericanos liderados por Brasil, que han sabido recuperar o mantener la senda del crecimiento, se sitúan ahora las nuevas fuentes de captación de inversiones y financiación, y hacia esa otra orilla del océano que nos une debemos encaminar las políticas de promoción de nuestros valores y potencialidades inherentes a nuestra bendita renta de situación.
En Noruega y Singapur se sitúan nuestras referencias para poner nuestras riquezas al servicio de los intereses nacionales canarios y optimizar nuestra ubicación como oferentes de servicios logísticos de plataforma y off shore, sin competencia en esta zona del planeta.

Independientemente del debate sobre las renovables que podamos tener en nuestro patio y al no poder remolcar las Islas hacia otra zona del planeta, Canarias está inmersa -nos guste o no- en el centro de la nueva zona de explotación de hidrocarburos que ahora toca poner en marcha, durante el próximo cuarto de siglo.