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Lope de Vega > Luis Ortega

En el desierto cultural e ideológico que acompaña a la mayor crisis que conoce la humanidad desde que se establecieron los indicadores económicos que cada día nos asustan, la manipulación espiritual es un arma que usan sin recato los indecentes, desde distintos flancos, con propósitos bastardos. La bola ridícula que, a resultas de un cataclismo, situaba el fin del mundo en la entrada del próximo invierno prendió de tal modo en la gente que obligó a un técnico de la NASA, David Morrison, a desmentir argumentos disparatados que los torpes y los crédulos enfrentaban sin recato a las verdades científicas. Detrás del burdo montaje, estaba una pésima superproducción cinematográfica, naturalmente titulada 2012, basada en un mediocre texto de ficción de Zachary Sitchin, y la estrategia, soezmente imitada, con la que el gran Orson Welles, a través de la radio y con la colaboración del Teatro Mercurio y el patrocinio de CBS, lanzó La Guerra de los Mundos, en 1938. Los pícaros de esta trapacería recurrieron a un medio más poderoso -la Red- y a la simplonería que campa en las horas difíciles. Los pertinaces defensores del disparate -que generó cientos de libros- invocaron un supuesto calendario maya para avalarlo; la última baza de la trapacería cayó con el hallazgo en la selva guatemalteca de Petén del anuario más antiguo que se conoce, descubrimiento publicado en Science por los arqueólogos William Saturno y David Stuart, de las universidades de Boston y Austin, respectivamente. El curioso almanaque muestra diecisiete ciclos -llamados Baktun- que desmonta la picaresca de los doce, que conducía al final de la humanidad. Stuart denunció el engaño y, “cuando el 21 de diciembre de 2012 acabe el décimo tercer periodo, el calendario maya volverá a empezar y continuará con sus ciclos durante millones de años, exactamente igual, “como el cuentakilómetros de un auto que, pasado la cifra límite, torna a partir de cero”. “Pero ocurre -añadió- que a la economía -y este era un mero negocio- le conviene mucho la ignorancia”. Ya casi no nos queda capacidad de asombro y, ante la situación surreal que, día a día, afrontamos, el fin del mundo y las cabriolas de Bankia, por ejemplo, resbalan sobre nuestra encallecida piel. No sabemos qué película es peor y cuál ha tenido una promoción más canallesca, y gastamos nuestras fuerzas e ingenios para llegar a fin de mes, un plazo que para muchos necesitados tiene matices apocalípticos.