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Los curanderos de Fidel > Rafael Muñoz Abad

Cuando te has pasado tres noches en un hospital de Angola y escuchas al majadero de turno quejarse porque su médico de cabecera tarda, o que tal vez deba contribuir con la friolera de un euro al sistema público sanitario, lo menos que se te antoja es la de correrlo a gorrazos. Los años noventa no eran precisamente la mejor fecha para andar callejeando por Angola. El país era un arrabal herencia de la guerra civil. El enfrentamiento entre facciones radiocontroladas desde Moscú, Pretoria y Washington había sido el más caliente de los escenarios de la guerra fría y, aún así, las empresas y la gente hacían vida normal. Me contaba Govella, un lisboeta astuto como un hurón, que, desoyendo a Kapuscinski, decidió quedarse a ver lo que ocurría después del éxodo portugués en aquel año 1975, ya en sepia. Decía que él no se fue porque tenía muchos negocios y aquí con dinero todo se tiene. Un accidente portuario nos envió a una clínica privada de Lobito. El hospital era un coqueto pabellón. Un buen ejemplo de la arquitectura colonial lusa en África. Tres noches, sólo tres, y podía llenar mil folios con lo que allí pasaba. Un paseo por la recepción mostraba una serie de fotografías postoperatorio que parecía querer ensalzar los logros de sus autores. Las aventuras africanas de Fidel Castro y su lacayo en Che mayor supusieron la tumba de miles de cubanos desde Angola a Etiopía. Esfuerzo bélico y humano que, entre otras muchas consecuencias, supuso la ruina de la marina mercante cubana, a la par que los delirios de grandeza del barbas. Sus discursos contra el demonio imperialista en la ONU lo creían justificado a ocupar el puesto que el derrumbe del comunismo dejaba en muchos países africanos. No fueron pocos los médicos cubanos que acabaron en Angola, por no decir en el resto de África y seguramente del mundo. Excelentes galenos y así lo puedo atestiguar. De vuelta a aquella galería, el mural mostraba imágenes de amputados, en su mayoría de las extremidades inferiores. Un auténtico Guernica de la anatomía humana que revelaba las más fehacientes consecuencias de las minas antipersonas que aún cubren parte del país.

La ayuda cubana a las guerrillas de índole marxista que operaban en Angola, más allá del apoyo militar e ideológico, se justificaba bajo el dictado moral que el inquilino de La Habana esgrimía al apadrinar con el socialismo de bata blanca la liberación de los pueblos oprimidos.

En aquel lazareto insalubre donde sólo había enfermos y familiares que de todo hacían, me comentaba su titular, un cirujano de fortuna egipcio, que los médicos cubanos habían hecho una gran labor; pero que también escucharía la otra versión. Y es que años de guerra civil lo mínimo que generan en la sociedad es una división de pensamiento. “… Amputaban sin miramiento alguno; fueron unos carniceros; ¿ves esas fotos?…” Los curanderos de Fidel, que decía Govella. Adoctrinamiento aparte, les recomiendo la lectura de Historias secretas de médicos cubanos.

*Centro de Estudios Africanos de la ULL
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