el dardo >

Marcos Guimerá > Leopoldo Fernández

Se nos ha ido don Marcos Guimerá. El intelectual más grande entre los grandes. El mejor conocedor de nuestra historia reciente. Y lo ha hecho tan sencilla y cristianamente como vivió. Era un erudito de las siete islas, un investigador insigne, un sabio humilde pero egregio y respetado. Y un padre de 13 hijos -seis nacidos en Las Palmas, otros tantos en Santa Cruz y otro en La Laguna, “como para romper el pleito insular”, se justificaba con una sonrisa- todo bondad y serenidad. Sencillo, tímido, cercano, gran conversador, lega a esta tierra una obra ingente acerca de los canarios más ilustres de los siglos XVIII, XIX y el primer tercio del XX, y sobre los cabildos, y sobre las aguas canarias y sus singularidades jurídicas, y sobre nuestros viejos demonios separadores. Son más de un centenar de libros y un sinfín de trabajos especializados de diversas materias. Si alguien quiere saber sobre las trayectorias vitales y políticas de Pérez Armas, Estévanez, Murphy, Ruiz de Padrón, León y Castillo, Pérez Zamora, Rodríguez Pastrana, Mesa y López, Pedro Gordillo, Leopoldo Matos, Key Muñoz, Antonio Saviñón, los marqueses de la Florida, de Bajamar, de Villasegura y de Villanueva del Prado, y hasta de Pérez Galdós, las obras de Guimerá resultan de obligada lectura. Por su escrupulosidad y rigor y la riqueza de sus fuentes. Los avatares de la Junta Suprema, los antecedentes y consecuentes de las diferencias históricas entre las dos islas capitalinas, la creación de los cabildos -tema sobre el que deja un trabajo a la corporación tinerfeña-, todos los detalles que pueden prestarse a divergencias y desencuentros los salva don Marcos con lucidez, inteligencia y profesionalidad. Me parecen impagables sus aportaciones historiográficas en torno a la realidad insular y las dificultades para alcanzar la siempre difícil unidad regional por el trasfondo de recelo permanente que da lugar al extenuante pleito insular tan magistralmente recogido en su obra cumbre. “Para saber si tenemos una mentalidad unitaria tendrán que venir los nietos de mis biznietos y averiguar si eso existió, porque yo creo que no. La división no fue ficticia…”, declaraba don Marcos al DIARIO en 2000. Y personalmente me ratificaría, en su viejo despacho de Teobaldo Power, en su casa capitalina de Martín Bencomo y en su finca sauzalera, su pena y su dolor por la aparente imposibilidad de construir una comunidad solidaria y unida desde bases de equilibrio y cooperación. “Es como si lo más racional y necesario tuvieran que imponérnoslo desde fuera”, me confesó. Culto e ilustrado, don Marcos era un caballero a la vieja usanza: respetuoso, leal, fiel a la amistad -de Rumeu de Armas, Arozena, Millares Carló, De la Rosa, Cioranescu y Aguilar y Paz, sólo le sobreviven Lothar Siemens y José Miguel Alzola-. Fue también un liberal hasta la médula, que es la suprema generosidad según el concepto orteguiano de convivencia.