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Marcos Guimerá > Luis Ortega

Borges imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Por allí andará con su curiosidad insaciable, ardientemente juvenil, y sus maneras de caballero antiguo el ciudadano Guimerá Peraza, que unió al catálogo de sus firmes creencias la fe en la democracia. No recuerdo ahora el título pero sí el mandado de don Víctor Zurita, fundador y director de La Tarde, que me llevó hasta la notaría de la calle Teobaldo Power, con tantos libros de historia como de derecho civil, para entrevistar al autor de un texto sobre el convulso siglo XIX cuando, en las postrimerías del franquismo, el conflicto capitalino adquirió forma, peso y brega. Con una amabilidad y una didáctica que halagó al alevín de periodista, resaltó los puntos capitales de la publicación pero, con suma delicadeza, rehuyó todo lo que sonara a declaración personal, los entrecomillados que buscamos para vender mejor nuestro trabajo. Desde aquel encuentro, cuando el general y su régimen parecían eternos, le profeso una sincera admiración -y hablo en presente histórico- porque la validez de sus hallazgos y la ejemplar asepsia de sus modos son caminos para superar un pleito latente que quizás -dentro de muchos años, con generaciones menos condicionadas por una cultura de colisión- podrá ser superado y los bienes de la igualdad de derechos -una suerte de religión imperfecta pero imprescindible- llegarán a todo el territorio insular y al conjunto de sus habitantes. Aunque estaba pendiente una visita de liberales de viejo cuño -Juan del Castillo, Alfonso Soriano y Carlos Bencomo, entre otros- con los que, de cuando en cuando, comparto mesa y confidencias, en los últimos tiempos me conformé con saber de Marcos Guimerá Peraza (1919-2012), de su buena salud y su incansable actividad, a través de sus hijos. Aún en 2010 publicó un libro y trabajaba, con constancia y paciencia franciscana. La Fundación Derecho, Sociedad y Cultura lo había como postulado para Premio de Historia en un acto a celebrar en el próximo diciembre, como cierre de los actos conmemorativos del Bicentenario de La Pepa que, lo mismo que trajo derechos y libertades vetados durante siglos, abrió las puertas batientes del lío que, como las de los salones del Far West, basta que pase un provocador para que reinicien su movimiento. Descanse en paz el admirado paisano que se ganó el respeto de dos partes en agrio conflicto con la fuerza de la verdad y la objetividad que necesita la historia para permanecer y ser útil.